De Prometeo y el “autosuicidio” de la oposición venezolana
Por Jesús Noel Hermoso F.
Carlos Andrés Pérez, el expresidente venezolano a quien Chávez intentó derrocar, ha quedado vindicado en la historia contemporánea y no precisamente por haber sido bueno, sino por ser la primera víctima de su propia creación. De sus más célebres ideas, la del “autosuicidio” marcó un hito. A diferencia de Prometeo, Carlos Andrés fue padre y víctima de una camada de dirigentes nacida en la degeneración total de la política; en la coima y el compadrazgo, que sustituyó el liderazgo político por favores clientelares. Así cerró su ciclo esa etapa y como corolario histórico, Capriles llegó a la presidencia de aquel Congreso Nacional moribundo, gracias a un favor. Igual sucedió posteriormente con casi todos los dirigentes contemporáneos del chavismo y de la oposición, que se han encumbrado en la opinión favorable de la gente a costa de favores y recursos de padrinos. Y fue ese expresidente quien terminó identificando el engendro histórico que nos había heredado como plaga en Venezuela: el enseñoramiento de la mediocridad política.
Recuerdo, además, la frase popular que dibujaba el fenómeno: “Ahora estos diputados bebiendo mondongo en copita”. Pero como no todo es absolutamente malo o absolutamente bueno, fue justamente Carlos Andrés, el último presidente del bipartidismo, quien pronunció aquella idea robusta y viril de un político que asume la derrota con la hidalguía: “hubiera preferido otra muerte”.
Yo también hubiese querido otra muerte para Venezuela. Aunque el drama en la historia es que un país no deja de existir porque muera una o varias veces. Por eso, la tragedia de nuestra nación no es como la de Carlos Andrés, sino más como la de Prometeo, el semi Dios de Homero, condenado por su primo hermano a morir una y otra vez destripado y desangrado; destinado a vivir su propia muerte por los siglos. Tal es la tragedia intratable que padecemos dado lo que por ahora se vislumbra en el horizonte.
De esa dirigencia política, de esa clase política, nace la Venezuela de septiembre 2026. Por un lado, la naturaleza de la dictadura chavista, banda delictiva que se ha reinventado como grupo empresarial emprendedor y muy proyanqui, practicante de un extremo entreguismo antinacional en favor de EEUU con tal de mantener el control total sobre el Estado. Prever sus pasos era relativamente fácil. Pero por otro lado, las “virtudes” de la autosuficiencia de nuestro liderazgo opositor que, incluso conociendo la naturaleza chavista de antemano, no quiso atisbar el escenario actual, que ahora parece una grieta gigante en la tierra que está por tragarse al país entero hacia el infierno. Quizás los terremotos eran el aviso.
Hagamos un breve repaso. La reacción de la mayoría opositora ante la incursión militar estadounidense del 3 de enero tardó, si acaso, horas. ¡Elecciones ya!, pidieron casi al unísono esas mismas fuerzas políticas que días antes de la madrugada del 3 de enero exigían el reconocimiento de los resultados de la elección presidencial del 28 de julio de 2024. Miles de venezolanos presos por esa hazaña histórica y de pronto, se abandonó lo que más fuerza política, legitimidad, justicia y verdad, tenía como argumento. Tal vez, en el delirio de la emoción al ver que encarcelaban por fin a Nicolás Maduro, pensaron que el papel de Donald Trump y del Gobierno estadounidense sería favorecer la democracia y la soberanía en un país en disputa como Venezuela; como si hubiese “sobrada evidencia” de esta peregrina idea.
A partir de ahí, todo perdió sentido. La fragmentación fue el resultado inmediato de una carrera por ver quién se arrastraba más ante los gringos, sin siquiera esperar la reacción del país atacante. Al poco tiempo, tal vez en simultáneo con la lambisconería opositora, EEUU anunciaba su entrañable alianza con la dictadura en Venezuela. Y muchos dijimos: “se los dije”.
Este es el capítulo más tragicómico de nuestra devastadora historia. A esta muerte quizás se refería el expresidente adeco. Aquella idea popular de que “siempre se puede estar peor”, no solo llegó a sorprender a muchos sino que, peor aún, fue construída por la seguidilla de errores que nacen de un principio que parece inmutable en la oposición: las mayorías populares son solo un instrumento y no las protagonistas del destino de la nación. Repiten el error que han cometido durante más de 20 años y que muchos hemos advertido, una y otra vez.
Ésta es la idea ontológica. El disimulado desprecio a la gente. De ahí vienen los empujones y codazos por tener el mejor planteamiento para los gringos. De hecho, hoy tratan de afianzar la idea de las elecciones, sabiendo que ese planteamiento abona a los intereses de Rubio, Trump y Delcy por igual. Tiempo. Los gringos para hacer negocios y los tutelados para mantenerse en el poder. La oposición ha abandonado la única atadura de legitimidad y constitucionalidad que quedaba en la batalla política. El “autosuicidio” es completo.
Luego, en lugar de plantearse una salida autónoma, soberana y nacional, asumieron el plan de las tres fases como mandamiento. Nadie protestó. Nadie dejó una duda sembrada en el discurso. Las fuerzas que hacemos vida política en la orilla de la “Real Politik”, lanzamos nuevamente la advertencia. Hicimos los llamados urgentes a que rectificaran. Pero como Prometeo, solo quedamos viendo nuestra muerte nacional, de la mano de una dirigencia que abonó su propia derrota.
Pero como en toda tragedia, hay una esperanza. Y, contradictoriamente, los más conspicuos “burgueses”, los economistas “eruditos”, los expertos petroleros de todo bando y hasta los Exministros “entreguistas” de CAP y de Chávez, fueron quienes plantaron cara a Marco Rubio y a Donald Trump. Pero la dirigencia política no. Como una burla del destino, la esperanza terminó en manos de los que rodearon a aquel último presidente del bipartidismo. Vaya morisqueta de la historia.
Pero esta muerte que vivimos por ahora no augura ningún buen resultado. Seguramente llegará en estos días María Corina, de las pocas dirigentes liberales que se ha sanjado el puesto con su propia entereza. Pedirá elecciones. Respaldará a la Mesa de Negociación (ya comenzó a hacerlo a través de su vocera) instalada y dirigida por una sola de las partes (EEUU), y esperará su momento para ganar. Entre tanto, Venezuela estará sin luz, sin salarios y sin libertad. La gente seguirá muriendo de mengua y la dictadura ganará el tiempo que necesita para desgastar a Trump en su período (2029), hasta salir del yugo que el extremismo Republicano les tiene sobre el pescuezo.
Quizás nadie de esa dirigencia opositora se paseó por la idea de que este entreguismo repulsivo de Los Rodríguez, justificado filosófica y políticamente por Francisco Ameliach en su análisis sobre este período, es solo la forma que tienen de comprar el tiempo que necesitan y luego, manteniendo la estructura fundamental de la dictadura en pie, se puedan reacomodar para seguir apoderados del botín llamado Venezuela. Total, lo hacen con una riqueza robada. Negocian con los despojos de una tierra que ha muerto tantas veces en los últimos 30 años que, quizás, simplemente se acostumbró a morir. Ojalá recapaciten.

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