Autopsia de la dictadura chavista, lecciones para el futuro





Por Jesús Noel Hermoso F.


Es un texto largo y denso. Pido disculpas por ello. Muchas cosas aún requieren mayor explicación. Si prefiere una versión corta, aquí está publicada en El Pitazo.


La historiografía ya registra esta etapa (1999-2026) como la más oscura y retorcida de la República venezolana. No alcanzan palabras para describirla. Hoy asistimos a su fase agónica y, como en las horas previas a la muerte de un asesino, la angustia de que pueda revivir, nos asalta, aunque su herida sea de muerte. Pero la posibilidad de que no reviva descansa en que la comprendamos claramente, para impedirlo. Por ello, vamos a adelantar la autopsia, que en ese muerto ya se fermenta el futuro de la nación.

La llegada del chavismo y de Chávez empalmó con el inicio de un cambio sustancial en la época del imperialismo contemporáneo. Un nuevo bloque se aprestaba a dar batalla por su espacio y, como resultado del desarrollo vertiginoso de sus fuerzas productivas a partir de la superexplotación laboral que alimentó un capital financiero joven -monopolizado por un capitalismo de Estado despótico-; la búsqueda de nuevos mercados (para todos los asuntos que requiere el mercado) marcó su relación con el chavismo desde un inicio.

Mientras agonizaba el período bipartidista, de ese muerto insepulto nace el chavismo. Era, además, el inicio de una etapa acelerada de crisis cíclica en el capitalismo mundial. No era inusitado o fortuito y no vamos a repetir aspectos teóricos elementales acá. El capitalismo entraba en una nueva fase y, en Venezuela, su crisis apuntaba a ser resuelta.

En este contexto, Chavez ve la oportunidad y se entrega a China de tal forma, que crea un desbalance clave en la cadena imperialista que hasta ese momento mantenía EEUU sobre Latinoamérica. No se trataba sólo de una “figura de recambio” del capitalismo criollo. Era el inicio de una nueva era. Muchos no lo advirtieron. Sobre este proceso y sus datos precisos escribimos una investigación en su momento (link alternativo) que tuvo buena repercusión y que aún es citada en diversos trabajos académicos y científicos.

La masa de capitales que ingresó al país fue brutal. Ya China no exportaba sólo mercadería barata. Había entrado en una etapa de expansión en la que la exportación era ahora de capitales. Solo en los primeros dos años China invirtió en Venezuela $20 millardos en línea de crédito directa y penetró con más capital mediante eso que llaman “cooperación”. Pero el bum de ingresos hizo que una masa enorme de rateros asaltara el Estado rentista y dependiente como botín, de la mano del falso pero provechoso discurso socialista. Nace así la era del saqueo. Extensión del capitalismo rentista y dependiente que padecíamos.

Nuevo tutelaje, el arma de la “inversión”


Aquella masa de capitales no sólo penetró los bolsillos del nuevo bloque en el poder, sino que sentó las bases para el nacimiento y expansión de un cambio de conciencia en la burguesía nativa y, con ello, una nueva casta de burgueses que colmó importantes sectores del nuevo régimen. Y de la oposición política también.

Las investigaciones sobre el particular son abundantes. Nace, de vientre chavista, la boliburguesía, mejor definida por André Gunder Frank como lumpenburguesía, y descrita (sin nombrarla) por Marx en su trabajo La lucha de clases en Francia. Aunque tratada allí con otro carácter para el análisis concreto del fenómeno de estudio.

Cabe en Venezuela perfectamente la definición de Gunder Frank, más que la de Marx, aunque es claro que se trata de la ampliación de la definición a lo concreto latinoamericano. Gunder identifica a esta clase como la “socia minoritaria” del imperialismo que, buscando garantizar sus intereses particulares, opta por profundizar la subordinación y dependencia al imperialismo, afianzando un modelo destructivo, visto que su ganancia no descansa en la explotación del proletariado nacional sino en el negociado de la renta, el usufructo del Estado y el saqueo del remanente de la extracción de materia prima que el imperialismo demanda. Es la oligarquía delictiva, tal como detalladamente hemos expuesto en otros trabajos como este (link) y cuyo antecedente (este otro), al leerlo, parece sacado de una premonición, sobre todo sus últimos párrafos.

Ese nuevo régimen, ya constituido, procuró, al mismo tiempo, una increíble y sólida infiltración en toda la oposición venezolana. Fue la forma en la que la autoconciencia de la clase capitalista criolla se extendió en la dirección antes descrita. Es decir, el cambio de consciencia que entre los burgueses propendió a la adecuación general de su actuación con base en la nueva ética: la del saqueo.

Esto les permitió gobernar casi sin serios peligros. El aprovechamiento hábil pero nefasto de las contradicciones interimperialistas que se comenzaron a exacerbar como resultado de la batalla por materias primas y nuevos territorios, tuvo efectos directos en la política de todos los países. Más en el nuestro por la naturaleza de nuestras riquezas y su situación geográfica y política, además de la ventajosa situación interna y la situación general de debilidad de todas las clases.

Pero lo que permitió la consolidación del régimen chavista estriba, sobre todo, en la imposibilidad de que los capitalistas pudieran seguir gobernando como lo venían haciendo y, al mismo tiempo, en la debilidad estructural de la clase de los trabajadores, de las vanguardias revolucionarias y en general, del proletariado criollo, imposibilitados de encauzar las luchas del pueblo hacia una revolución social. Incluso, ni siquiera hacia una democrático-burguesa con algún dejo de sentido nacional. Ese cisma, esa imposibilidad, es el verdadero fermento de nuestra tragedia y más adelante lo explicaremos.

El chavismo actuó rápidamente. Si la clase trabajadora, junto a sectores de la intelectualidad revolucionaria, estudiantil y juvenil, podían dar pelea, como lo demostraron (aunque de forma limitada) en los años iniciales (2000-2002), el chavismo trabajó aceleradamente hacia la destrucción y/o corporativización de toda la estructura social. Esto fue acompañado de la destrucción de la mayor parte del aparato productivo y, por ende, de las relaciones que sustentan la sociedad democrático burguesa: las relaciones capitalistas de explotación.

Destrucción de la clase obrera y sus potencialidades y destrucción de los burgueses en capacidad de enredar más el asunto. Bajo el argumento de conquistar la estabilidad que necesitaban, se escondía en realidad y en esencia la verdadera función histórica que cumplió el chavismo en sus 26 años: la destrucción de toda la vitalidad nacional y soberana que pudiera haber en Venezuela. Extinguir a como diera lugar el más mínimo intento de revolución.

Este proceso destructivo abarca inicialmente unos 13 años. Apenas se ve interrumpido en 2004 y 2007 con pequeños reacomodos importantes. Dos hitos premonitorios en la pérdida de la mayoría popular. Culmina en 2013, milagrosamente, coincidiendo con la muerte de Chavez. Esta etapa fue de consolidación plena del régimen chavista. Del bonapartismo, diría Marx. Fue la etapa más brutal y los condujo, inevitablemente, a una dictadura abierta. Habían perdido la mayoría popular.

Así, llega la era de Maduro, que afianza y extiende más allá de todo sentido conocido, el carácter bonapartista del chavismo en general (que se identifica en ambos períodos). Superaron, esta vez como gran tragedia, lo que a la luz del tiempo pudiera ver en Francia como su primer gran simulacro histórico, aquel tramo regentado por Bonaparte. Quizás en nuestro caso hay muchos más elementos para analizar, dado su extendido desarrollo. Ya tocará hacer teoría sobre esto.

“Equilibrio catastrófico”


En El 18 brumario Marx descubre y describe ese momento de la historia en el que ocurre un “equilibrio catastrófico” como el que hoy acontece. Las clases sociales en pugna (la burguesía y el proletariado) llegan eventualmente a un punto de equilibrio en su pugnacidad. Dice el viejo alemán en su último capítulo que "sólo bajo el segundo Bonaparte (Luís para el que no sepa) parece el Estado haber acabado de hacerse independiente de la sociedad... la lucha parece haber terminado en que todas las clases se postran de hinojos, con igual impotencia y con igual silencio, ante la culata del fusil".

La etapa actual confirma una tesis desarrollada y quizás inacabada por Marx, en la que señala que el Estado no es siempre un títere inequívoco de la clase dominante. En momentos de crisis extrema como la que padeció Venezuela en toda la etapa anterior, el régimen capitalista dependiente, de naturaleza esencialmente entreguista, se vio forzado a adoptar formas autoritarias y personalistas para sobrevivir, incluso y a pesar de que los capitalistas perdieran el control directo del Gobierno/Estado momentáneamente, dando una impresión internacional de pugna entre la burguesía nativa y el Gobierno chavista. Pero la realidad nunca es tal cual se muestra. Este elemento creó una enorme nube de confusión en la izquierda internacional, poco acostumbrada a la ciencia revolucionaria como fuente de sus pensamientos.

En resumen, la burguesía criolla había perdido la capacidad política para gobernar directamente a través de instituciones parlamentarias, como resultado de sus contradicciones y de su debilitada capacidad de resolver el estanco del desarrollo de las fuerzas productivas, las disputas interimperialistas emergentes y la imposibilidad de seguir sirviendo “dignamente” al imperialismo. Pero al mismo tiempo, el proletariado en Venezuela estaba imposibilitado, orgánica, política e ideológicamente, de hacerse del poder. De ñapa, la inexistencia de una vanguardia en capacidad de producir aceleradamente ese salto cualitativo, fue la guinda. Se perdía en el recuerdo una crisis revolucionaria, dando paso a la nueva etapa que hoy padecemos.

Ese régimen combinó la degradación más abyecta de las clases en pugna, dando origen a lo que definimos en varios trabajos sobre la naturaleza de la dictadura en su última etapa. Esto es, el carácter delincuencial del nuevo régimen y con ello, la lumpenización extendida a toda la sociedad. Esa situación expulsó de cuajo el vago sueño de una Venezuela democrática y desarrollista. El madurismo afianzó a niveles nunca vistos el carácter delictivo y el entreguismo abyecto a cambio de la administración y usufructo del botín llamado Venezuela.

La burguesía bipartidista, aunque en buena medida parasitaria, no hubiera podido entregar al país como lo hizo el chavismo y particularmente el madurismo. Por ello, ocurre este fenómeno: El Estado venezolano se “independizó” de todas las clases sociales, incapaz ninguna de recuperar y ejercer el poder político sobre la nación, sin desatar un conflicto catastrófico, incluso con el imperialismo. Esto es determinante establecerlo en el análisis. Está incluso de cierta forma plasmado en la excusa actual de Trump para mantener al régimen intocado, más allá de la figura de un Maduro preso; y la nueva modalidad de tutelaje directo que estableció a través de Los Rodríguez.

Pero lo fundamental es establecer con claridad el carácter predominantemente lumpen de la burguesía en el poder. Algunos repiten la categoría de “régimen patrimonialista”, enmascarando la naturaleza económica, ideológica, política y de clase del poder constituido. Como si se tratara de un “patrimonio heredado” o de una suerte de riqueza estanca, proveniente de las arcas tributarias del Estado. En nuestro caso, se trata de un Estado, un Gobierno y una ética al servicio de la práctica delictiva permanente por parte de un segmento de la burguesía, con una acumulación sui géneris y cuya base social de apoyo es esencialmente el lumpen. Esto requirió una reorganización general de la sociedad, bajo el imperio de dicha acción depredadora.

La enorme cantidad de trabajos de investigación hechos por periodistas venezolanos en Armando Info, La Alianza Rebelde, El Pitazo, Runrunes, Tal Cual, Efecto Cocuyo y otros más, dan cuenta de forma sumamente minuciosa de cómo se fue construyendo esa lumpenburguesía, al amparo de sus capitostes. Aquí cabe nuevamente la frase de Marx. Llevados a ser los nuevos ricos del país, bajo la culata de un fusil.

Es importante apuntar que el madurismo propiamente es sólo una suerte de bloque político demencial de fuerzas conformadas por Maduro y Cilia, Padrino López, Los Rodríguez y Los Cabello. Juntos, concentran todo el ejercicio de la violencia en todas sus formas (militar, económica, política y jurídica). No vamos a ampliar porque es abundante la data.

Pero en toda esta etapa, aunque las contradicciones entre los capitalistas criollos siguieron presentes, la mayoría era testigo feliz del resultado de todo el proceso de destrucción que adelantó el chavismo contra las fuerzas antagonistas del proletariado y todas sus formas y manifestaciones populares.

La oposición, en general dominada de forma también autoritaria por sectores del capital; y también entreguistas -aunque los más como representantes de un imperialismo hoy resentido como el estadounidense-, facilitó esa suerte de imposibilidad revolucionaria. No vamos a recordar el papel de dirigentes opositores apaciguando, desalentando y sobre todo desestimando hasta hacerlo inútil, todo el estado de efervescencia revolucionaria que brotaba incesante, una y otra vez, en todo este período.

La oposición al régimen chavista resultó, dada su naturaleza, una especie de Frankenstein. Mezcla inevitable de clases derrotadas que estaban frente a la inevitabilidad de su coincidencia. La burguesía criolla y mantuana, parte del sector industrial y otros vinculados a la explotación real del trabajo, por un lado, y una clase trabajadora dispersa, diezmada y también incapacitada para disputarse el poder de forma independiente.

Es una complejidad que debemos revisar con mucha atención. Hay contradicciones. Sectores que no representan precisamente a los EEUU pero que están dispuestos a representar los intereses del imperialismo chino y ruso, con tal que le toque una buena tajada. Esto se evidencia en el trabajo citado anteriormente. La burguesía parasitaria, convertida en lumpenburguesía, no es un insulto. Es una categoría.

De esa confusión y de esa “independencia” alcanzada por el Estado en manos de una camarilla dispuesta a todo por mantenerse en el control, el discurso revisionista de izquierda se convirtió en el catalizador de toda la “confusión” en el movimiento revolucionario y el increíble apoyo de la izquierda internacional alcanzado por Chávez y mantenido por Maduro a esta estafa monumental.

El papel del régimen cubano desde el primer día fue medular en la profundización de esta “confusión”, en el afianzamiento del revisionismo de izquierda como instrumento político de primer orden en la articulación de buena parte de las reservas estratégicas del chavismo. Barnizaron a unos delincuentes del prestigio ético y de sacrificio de los barbudos de la Sierra Maestra y, usufructuando parte del saqueo producido a Venezuela, estuvieron tan estrechamente vinculados a la estafa que, incluso en la incursión imperialista del 3 de enero, sacrificaron a 32 de sus agentes defendiendo a un pequeño Bonaparte como si se tratase del Che.

El revisionismo de izquierda efectivamente fue un instrumento y una determinación pero no definía por completo su carácter concreto. Es decir, faltaban elementos y la represión y desenmascaramiento de la última etapa del madurismo, permitió revelar con mayor claridad su verdadera naturaleza. Por eso, muchos debates sobre si era fascismo, totalitarismo, autoritarismo y todos los adjetivos que se fueron agregando en el debate, evidenciaban esa búsqueda teórica por encontrar la categoría que pudiese, por sí misma, nombrar el fenómeno inédito que padeció Venezuela.

En ese trance, las reservas internacionales para el proletariado venezolano se derrumbaron en segundos, confundiendo un Estado bonapartista con el germen de algún intento socialista y viendo (más por ignorancia que por cultura) la “dictadura del proletariado” como sinónimo de un estado cívico militar, criminal y represivo. La ausencia de agudeza crítica no la vamos a trabajar acá, pero requiere una profunda reflexión.

El muerto no ha acabado de morir


Hablando recientemente con un amigo, me recordaba la similitud en el análisis de Gramsci sobre este período histórico: el Cesarismo, lo llamaba el italiano. Nombrado como sea, la naturaleza bonapartista del período que termina, junto con el revisionismo de izquierda con el que se encubrió, produjo una situación que fuerza a una actitud sumamente controvertida para los revolucionarios y, en general, para toda la clase trabajadora en Venezuela. Reconstruir la democracia burguesa con todas sus “conquistas”, luce revolucionario, vista la situación en la que nos han colocado.

También en Venezuela hubo una definición teórica que permitió un debate crítico, desde una perspectiva científica, respecto al concepto positivista de Vallenilla Lanz: el “Cesarismo Democrático”. La crítica, desde la posición avanzada de Federico Brito Figueroa, permitió desenmascarar la idea que se impuso como propaganda para el período gomecista. El “gendarme necesario” para una nación “bárbara”, cuya debilidad estructural “impedía” el albedrío democrático. Era en realidad el instrumento político para detener, con la misma “culata del fusil” de Francia, el desarrollo revolucionario que la lucha de clases podía tomar en el país.

La debilidad estructural que hoy padece Venezuela, que hemos descrito acá y en anteriores trabajos (social, productiva, orgánica, cultural, ideológica), se encuentra además basada en una nación que solo le sirve momentáneamente al extractivismo compulsivo, propio de la naturaleza delictiva del imperialismo. No le sirve a sus nacionales. Me atrevería a decir que incluso al propio imperialismo, de cualquier signo, es ya incómodo. Pero como hemos visto, está debilidad no es intrínseca o de naturaleza espontánea.

Por ejemplo, el éxodo de un tercio de la población no solo es el resultado de la persecución. También es la manifestación del desamparo nacional y territorial de una nación entera. Los venezolanos hemos escrito cultura sobre ese asunto en los últimos años. Somos un fenómeno vintage en el mundo. En nuestra propia patria nos sentimos extraños. Somos nuestro propio recuerdo. Hay elementos muy preocupantes en la pérdida del sentido de nación de la población. Pero pese al peligro latente, ese sentido remanente sigue siendo una reserva ética y moral para la reconstrucción.

Pero ese éxodo implicó una puñalada de muerte a la estructura económica y social del país. Entre los 9 millones de venezolanos en el exilio, la masa de profesionales, población altamente calificada, mano de obra disciplinada y educada y familias que soportaban las condiciones de reproducción de la clase trabajadora, la pérdida es demasiado grande. La afectación a las fuerzas productivas, de forma tan acelerada, es difícil de encontrar en la historia contemporánea en un país y en un tiempo tan cortos.

Es muy difícil (por ser amables) argumentar como tesis que lo central es hoy el enfrentamiento del imperialismo estadounidense contra la nación venezolana. Sea el chino, ruso o gringo, no ven ellos una contradicción con Venezuela sino una contradicción entre sí. No estamos frente a la batalla de las naciones débiles contra los bloques imperialistas. Estamos ante una batalla feroz entre estos bloques imperialistas y, en esa guerra, la debilidad de las naciones aumenta de forma proporcionalmente inversa el interés que representan para cada bloque.

Es matemático. La debilidad estructural de Venezuela es casi proporcional a la ferocidad en la rebatiña sobre sus riquezas. Pero los imperialistas pueden resolver sus diferencias, sólo circunstancialmente, repartiéndose el mundo una y otra vez, entre una guerra mundial y otra. Sin embargo, los límites en esa repartija se estrechan cada vez más, sobre todo cuando una nación a repartir, brinda alguna férrea resistencia. No es nuestro caso por ahora.

El proletariado en Venezuela no tiene la fuerza para enfrentar la actual rapiña, ni para realizar cambios sustanciales en lo inmediato. Menos, para tomar el poder. La derrota circunstancial de la clase en general tiene antecedentes ya comentados, pero se extiende incluso a nivel latinoamericano. Comprender esto autocríticamente y desde una perspectiva científica, no supone ser agoreros. Sino pararnos con los pies en la realidad para comprender los próximos pasos. De nada sirve acá una arenga de suicidas añorando la revolución que no fue.

Venezuela, visto todo lo anterior, no padece en este momento un tutelaje sustancialmente distinto al de todos estos años de chavismo. Decir ahora “tutelaje” y repetirlo como mantra, no es una revelación. Es sólo la tutela de otro imperialismo. No es nuevo. El extractivismo ruso y chino de minerales, sobre todo de minerales estratégicos, de reservas y de fuentes de energía, seguirá siendo el mismo con los gringos. Quizás menos desastroso por razones de interés procedimental. Quizás más extendido. Quizás más eficiente y centralizado por razones de competitividad.

En esa pugna por un nuevo reparto, Venezuela es una reconquista, pero no por un antojo temperamental del regente de turno. Quienes piensan así no logran atinar las razones de la historia humana. EEUU vio en Venezuela una increíble oportunidad. La estuvo merodeando siempre. Nunca la abandonó del todo. Mantuvo reservas y dejó que el enemigo hiciera su desastre, conscientemente. Porque una reconquista con una nación fuerte y levantada sobre sus propios pies, no era mejor presa.

De hecho, en un escrito reciente señalábamos que la velocidad del cambio de dueño es inédita. Haber arrebatado en pocas horas -y tras “apenas” 60 a 70 personas masacradas según los reportes más precisos- la tutela imperialista de chinos y rusos sobre Venezuela y pasarla de cuajo a sus manos, suena inédito. Venezuela, con dictadura incluída, simplemente cambió de dueño, una vez más, luego de esta novedosa reconquista sin invasión (frase de un amigo, corregida por mí).

No me detengo en esta oportunidad en la naturaleza y características de la actual etapa del imperialismo estadounidense. Pero la actitud de revancha y reconquista por el desplazamiento sufrido a nivel mundial, se parece en demasía a la etapa que configuró la situación de la Alemania que vio nacer a Hitler. Hay diferencias sustanciales pero la presión interna en esa dirección y muchas evidencias, nos alertan suficientemente. Sin embargo, es cierto que la reacción popular interna también entraña desafíos y densos análisis en el desarrollo de la lucha de clases a nivel global.

El nuevo amo como salvación


Maduro labró la posibilidad de su propia extracción. Poco importan los detalles e intríngulis de traición si conocemos la naturaleza de los que controlan el Estado. En uno de los escritos anteriores habíamos previsto esta situación señalando, en lenguaje cuidadoso por el peligro que implica la expresión en Venezuela, que el chavismo/madurismo estaba dispuesto a todo, literalmente a todo, para mantenerse en el poder, tal como lo han alcanzado momentáneamente.

¿Era posible una operación militar gringa similar si le entregaban el poder a Edmundo González y Venezuela recobraba su sentido republicano (democracia burguesa parlamentaria tradicional) de forma ordenada? La intervención es el resultado de una situación a la que nos condujo históricamente el chavismo. Repito, esa fue su función.

No estamos hoy ante una “invasión imperialista” propiamente. Es la continuidad del sometimiento total por todo lo anterior, y porque es la única opción que le queda a la nomenclatura moribunda para seguir en el poder y encontrar, entre los vericuetos de las contradicciones internas de cada bloque imperialista, una beta para salvarse un tiempo más. Tal vez planificar su huída o rumiar del desastre permanente otro rato. Es la continuidad del tutelaje imperialista, de regreso a las manos del viejo capataz.

Pero es inobjetable que el cuadro político cambió. Sobre todo, para la dictadura. Su reconfiguración está sujeta a la forma en que logren entregarse más miserablemente a las demandas del imperialismo gringo; competir contra cualquier entreguismo más servil, siendo los más ruines y postrados posibles. Ni siquiera las bravuconadas antiimperialistas para pantallas y RRSS le sirven ya. Pero también depende su extinción de la habilidad con la que una dirección política opositora conduzca al movimiento de masas y conjugue las demandas urgentes, bajo una estrategia de recomposición acelerada de fuerzas.

En otras palabras: la camarilla puede sobrevivir, por supuesto, aunque su función ya no le presta el mejor servicio a las necesidades del imperialismo del norte. Su naturaleza delincuencial impide el orden que se requiere. Pero al mismo tiempo, aún no hay fuerzas internas capaces de desplazarlos, salvo que se derrumben como resultado de sus propias contradicciones, situación que ahora sí luce factible. Pero de ese derrumbe también pueden surgir peores monstruos, claro que sí. Haití nos lo recuerda a apenas mil kilómetros de distancia.

Qué hacer…


Entonces, ¿qué hacemos ante esta situación de debilidad estructural? La caracterización de esta etapa lo es todo. Luego de ello, necesitamos estimular aceleradamente la reconstrucción del tejido orgánico de la sociedad. Reconstruir las fuerzas sociales, políticas, ideológicas y buena parte del aparato productivo. No hay opción distinta. Algún aventurero dirá que la revolución socialista puede cambiar esto de cuajo. Objetivamente y dado el cuadro ¿esto es posible? No vamos a responder las nebulosas idealistas.

Necesitamos una dirección política, democrática y con sentido nacional (casi patriótico). Ya eso es algo revolucionario. Necesitamos, además, un ancla política para el nucleamiento de las fuerzas. Acá la propia Constitución (hoy letra muerta) y la defensa de los derechos que ella establece, son un pivote sobre el que se puede construir confluencia. Pero necesitamos transitar un tiempo de calma y sosiego en el que podamos recuperar condiciones. Recuperar el aliento. Recomponer fuerzas, sobre todo de dirección, y despertar nuevamente la confianza de la gente en la lucha por su propio futuro.

Nada hacemos perdiéndonos en aventuras políticas de coyuntura si lo que subyace no es la construcción consciente y detenida de una fuerza real. Caer en los dilemas iniciativistas y voluntaristas sin sustento; en debates subalternos sobre, por ejemplo, si son elecciones o es el reconocimiento de Edmundo González nuestro pasaporte, cuando de hecho es un asunto claramente alejado de nuestra voluntad y capacidad real producirlo, es una grán pérdida de tiempo y esfuerzo y es, en el fondo, una contribución proporcional a la disgregación, en la medida que determine la intensidad con la que cada debate produzca el desencuentro.

En esta etapa es fundamental concentrar el mayor trabajo en la labor sistemática y meticulosa de unir, de agrupar, de organizar y de converger la mayor cantidad de fuerzas posibles. No temerle a la coincidencia, incluso involuntaria, con sectores de la propia burguesía, interesada por razones históricas y también económico existenciales, en rescatar el sentido elemental de nación y Estado, incluso desde una perspectiva colonial pero, al menos, democrática y liberal.

Por su parte, las fuerzas revolucionarias deben revisar hondamente su conducta y los resultados objetivos de su papel en este tramo de la historia. Qué errores se han cometido. Qué cambios se requieren. Abandonar la infantil competencia por el control de cascarones llenos de retórica postural en lugar de líneas políticas coherentes con la realidad, la necesidad y las posibilidades objetivas de su desarrollo. El infantilismo en las demandas y las definiciones debe abrir paso a una relación verdaderamente científica entre pensamiento y acción. Y buscar la forma de construir unidad de fuerzas para y por la clase que se pretende representar, al menos, como forma de conciencia orgánica.

Si no comprendemos; si no partimos de la gravedad de la situación de la clase trabajadora y de sus fuerzas y reservas, e incluso la imposibilidad presente en la propia clase dominante y de sus reservas de producir los cambios requeridos, buscando insuflar entre nosotros un ánimo falso e improporcionado, estaremos más bien contribuyendo con la resucitación del muerto, que nunca podemos descartar.

Esto pone en el centro de la acción el protagonismo social y de masas. Debemos hacer todos los sacrificios éticamente necesarios para levantar al movimiento popular y sus demandas. Hay liderazgos, en la oposición burguesa incluso, que pueden ayudar en esta dirección. Ojalá sepan esos sectores interpretar correctamente el tiempo por venir. Nosotros, por nuestro lado, debemos procurar ayudar en esa comprensión y producir la maduración de un estado de conciencia colectivo y sincero, que facilite el encuentro fructífero entre nuestro pensamiento y la realidad; fructífero en una dirección y una práctica correctas.

La lucha inmediata


Para avanzar en lo vital, acelerar la reconstrucción de organizaciones populares con sentido nacional y soberanista y, sobre todo, en la reconstrucción de una gran vanguardia de los trabajadores y todas las clases explotadas, es necesario empujar en dirección de que se creen esas condiciones. Más allá de la conciencia sobre lo que se vive, es necesario combinar la necesidad con la posibilidad. Hacerlo posible.

Varias organizaciones ya han apuntado al respecto y no se pierde nada volverlo a repetir. La lucha por la libertad plena para todos los presos políticos, es determinante y clave en lo inmediato. Además de quitarle una moneda de cambio a la dictadura, permite también arrebatarle el chantaje a la sociedad venezolana sobre la represión como destino inevitable de las luchas.

Pero no se trata de “alcanzar victorias” a toda costa para revitalizar la disposición a la lucha política. Se trata de alcanzar victorias a partir de la lucha por lo que verdaderamente se demanda. Es vital, por ejemplo, vincular la lucha por la libertad de los presos políticos con la lucha por la suspensión de las causas abiertas contra todas las personas excarceladas. Y con ello, en lo inmediato, emprender una batalla concreta y particular por la suspensión del Decreto de Estado de Conmoción Exterior.

Con estas dos demandas (y conquistas, si se alcanzan), clave en el inicio de un período de recomposición, se debe estimular el levantamiento sostenido y creciente de la lucha por el respeto irrestricto a los derechos democráticos: de libertad de asociación y reunión, expresión e información y manifestación pacífica, conforme a la Constitución y a los estándares internacionales sobre DDHH.

Aquí es estratégica la lucha por el cierre de los centros de tortura y la Dgcim, el Sebin, las policías políticas y los servicios de inteligencia contra la disidencia política. Esta lucha en particular permite establecer un punto de partida en la nueva conciencia que deberemos estimular en el movimiento social, sobre todo de cara a las futuras demandas de derechos y a las batallas por venir. Hay suficiente respaldo popular sobre esto y no lo podemos despreciar.

El segundo frente de lucha, clave en la recomposición de las fuerzas sociales y de las mayorías trabajadoras es la lucha por la mejora en las condiciones de reproducción social. La lucha por el salario, enlazada a la lucha por la restitución de los derechos laborales y sociales contemplados en la constitución, deben direccionarse a partir de la unidad más amplia, pero no con base en el criterio de “logros mínimos”. Se debe avanzar, incluso si eso afecta un tanto la “unidad”, en la lucha por una nueva y menos lesiva redistribución de la riqueza nacional. Punto de partida para la recomposición de la fuerza laboral.

La reconstrucción nacional, siendo un objetivo general, requiere de gente que pueda y quiera trabajar, a partir de tener un ingreso correspondiente a su esfuerzo. Recomponer las fuerzas productivas pasa primero por aumentar la capacidad de demanda social. Esto, acompañado de la lucha sostenida por una educación pública, gratuita y de calidad, con maestros y profesores que reciban sueldos adecuados a su labor estratégica para la nación. La lucha por los servicios básicos y la atención a la salud, al menos en lo inmediato, es fundamental y transversaliza a todos los sectores sociales. Todo ello es la base para que la sociedad pueda dedicarle fuerzas y disposición a la organización y la movilización por demandas más elevadas.

Por otro lado, las movilizaciones deben tener principalmente un carácter pacífico pero, al mismo tiempo, sostenido. Y deben ir acompañadas de jornadas de educación/propaganda y organización permanentes. Debe procurarse la educación, orientación y encauzamiento de la unidad del pueblo en todas las luchas. Quienes estimulan la idea de la segmentación de clases o de sectores en las luchas en este momento, solo hacen un favor al imperialismo de cualquier signo. Incluso si sólo gritan contra ellos, a rabiar.

No podemos estimular la idea de que, por ejemplo, la lucha por salarios no implica la lucha contra el régimen que los eliminó. Eso desvincula la lucha económica de la lucha política y construye un dique que dificulta el encuentro y coincidencia de la gente en todas las luchas por venir. O diferenciar la lucha por la libertad de los presos políticos de las luchas por los derechos sociales, incluso por salario; o por el derecho a un trabajo digno y productivo.

A la par, se debe luchar por la suspensión de los bloqueos de medios y de las políticas de censura ordenadas por Conatel; la restitución de las libertades de ejercicio de una prensa libre, por medios libres y por información y comunicación libres. La libertad en las comunicaciones es vital para la reconstrucción de la vida en sociedad.

En el caso de los partidos políticos y las condiciones para el restablecimiento de la democracia, la lucha por la restitución jurídica y política de los partidos secuestrados por las autoridades, los sustituidos por las autoridades y la devolución de sus tarjetas, debe ir acompañada del impulso de procesos de renovación y democratización de todas las organizaciones. Esto es una demanda vital en la reconstrucción del tejido político de la sociedad.

Finalmente, se deben conquistar de inmediato y debe ser una demanda que transversalice todo lo anterior, garantías para la vida, la libertad y la integridad de todos los exiliados políticos y sociales, para que puedan retornar al país y ejercer plenamente sus derechos. En ellos está también un ingrediente vital para los cambios en el estado de conciencia de la sociedad venezolana: la experiencia y el ingrediente cualitativo para la recomposición de las fuerzas del pueblo.




Montevideo, 28 de enero de 2026

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