El catastrófico bucle político venezolano
Por Jesús Noel Hermoso Fernández
Venezuela está en punto muerto. Pareciera que la espera por las
elecciones de medio término en Estados Unidos fuese el único plazo político en
el país, lo que produce un nivel de desespero social que se traduce, como
sucede generalmente, en frustración. Varias encuestas comienzan a
identificarlo. Y en este tiempo muerto, se produce cualquier cantidad de
inventos mágicos, soluciones innovadoras que se parecen más al ruido que hace
un niño que se arrulla cuando está solo, para espantar el silencio, que a soluciones
efectivamente posibles.
La cantidad de especulaciones colman las páginas, las redes, todos
reclaman que su maniobra es más eficaz. Y entre tanto, la crisis venezolana se
agrava, relegada por sus propios dirigentes a un tiempo ajeno a su interés y,
peor aún, relegada también por sus propios ciudadanos. Y ese tiempo pareciera
favorecer, por ahora y como regularmente sucede, a la perpetuación de un
régimen al que, contradictoriamente, absolutamente todo le desfavorece, menos
Donald Trump.
Parece distópico que, a pesar de la desconexión definitiva del chavismo
madurista con la sociedad, aún tengan el poder político. Y la oposición
reconocida, la que los medios favorecen arteramente evitando el nacimiento de
nuevos liderazgos, en lugar de establecer el plan de avance de sus fuerzas, se
divide cada vez más.
Esta división sucede principalmente hacia dos grandes bloques: quienes
esperan -y esto supone inmovilismo- resultados buenos (¿o malos?) de la Mesa de
Diálogo dirigida por Trump; y quienes representan a la oposición en esa
negociación, cuyos tiempos y actos están atados a dictados externos. Se vuelve
a repetir un forzado “equilibrio de fuerzas” entre quienes mandan y quienes se
supone que quieren restituir la democracia en el país, no porque no haya
condiciones para avanzar, sino porque ambas fuerzas han escogido el bucle de la
negociación, cuyo fin es su comienzo y que lo único que negocia es tiempo.
Derrota repetida
El país ha entrado nuevamente en ese bucle. Y cada vez que los
ciudadanos tienen una posibilidad de victoria bajo su propio esfuerzo, la
disipan en una negociación. Y el liderazgo opositor generalmente repite la
misma operación, pensando que su carisma es suficiente para imponer los cambios
requeridos sin la participación real y directa de las fuerzas populares y de la
sociedad. Anclados en la idea de que los cambios son el resultado de sus
conciliábulos y maniobrillas desde la tarima y no de la acción popular que las
acompaña.
De hecho, en crisis anteriores la frustración social en cada derrota
trasladó su fe a nuevas figuras políticas. Así, vimos emerger liderazgos como
los de Henrique Capriles, Leopoldo López y otros intentos menores, como
apuestas incondicionales para sacar al chavismo del poder. Sin embargo, y en
última instancia, todas estas apuestas, transfiguradas en derrotas, regresaron
siempre al punto inicial y maniataron la fuerza de las masas a la esperanza
falsificada de una representatividad que ha sido delegada, por la “gracia de
Dios”, en individuos.
Hoy, el único liderazgo medianamente en pie es el de Maria Corina
Machado (y Edmundo Gonzalez Urrutia como su encarnación constitucional). Pero
trágicamente parecen haber abandonado la exigencia del restablecimiento de la
Constitución mediante el reconocimiento innegociable de los resultados
electorales de julio de 2024. Es decir, la única maniobra política que no es
viveza, que no es invento de astucia y que tiene sustento constitucional,
popular y de legitimidad. Peor aún, han rebajado su condicional político a la
exigencia de nuevas elecciones, algo equivalente a renunciar a su propia fuerza
y legitimidad a cambio de un “tal vez”.
No se trata de darle credibilidad a la campaña eterna de unos contra
otros que, mediante todos los instrumentos y “estudios de opinión”, llegan a la
conclusión de que este liderazgo (el de MCM) ha perdido su enganche popular y
“es necesario renovarlo con otro”. Se trata de algo que debemos ver con
objetividad. Las mayorías nacionales siguen esperanzadas en que se hará lo
correcto, pero esto luce cada vez más esquivo. El bucle parece estar a las
puertas del reinicio.
Es fácil sospechar que ya no se trata de caudillismo entronizado, sino
de algo más. Presiento que estamos ante la incapacidad y/o inexistencia (tal
vez por excesiva dispersión o por una suma negativa de egos) de una
intelectualidad avezada; de una vanguardia ética y política en la sociedad
venezolana.
Han desaparecido los referentes en todo sentido y los que hay, o
renuncian pronto a su capacidad y talento en favor de su encierro individual; o
se rebajan más y más para adaptarse a un entorno cada vez más degradado; o son
fustigados por la mediocridad de buena parte de la dirigencia política, con el
aderezo de una campaña increíblemente eficaz de plataformas mediáticas y de sus
periodistas “convencidos”, dedicados a consolidar el mismo liderazgo y evitar
otros, una y otra vez, también en un bucle infinito.
Por eso, las contrariedades son la constante en el país. Lo retorcido
de los hechos hace que la previsión que pueda haber, con base en entendimientos
simples, lógicos y tradicionales, sea inútil. En Venezuela, por ejemplo, se
desarrolló una de las izquierdas más reaccionarias que pueda haber conocido
Latinoamérica. Su régimen, autodeclarado socialista solo como engaño,
inhabilitó todo el potencial revolucionario de la clase trabajadora y produjo
una destrucción sin precedentes en la nación y en la sociedad.
Y como si se tratara de un chiste trágico, esa falsificación total de
izquierda llamada chavismo, ahora se enfrenta a un liderazgo precariamente
burgués, incluso proimperialista, que termina paradójicamente forzado a
convertirse en mayor garantía de restitución de la soberanía nacional y popular
que las casi extintas fuerzas revolucionarias, del progresismo y los
trabajadores. Y como si se tratara de una burla macabra del destino, ese
liderazgo político que tiene este fortuito capital, lo lanza al desprecio para
no incomodar a sus tutores. Ni es comedia ni es tragedia. Es una catástrofe sin
precedentes.
Romper la espiral
Por lo pronto, la única forma de romper el bucle quizás sea
desentenderse del tiempo político impuesto. Apostar por el esfuerzo en la
reconstrucción de una fuerza social más activa, menos contingente, más aguda.
Así sea pequeña en sus inicios. Quizás, afianzar referentes colectivos sólidos
a falta de más individuos lúcidos. No parece una tarea fácil y no lo es.
Estamos demasiado adaptados a cambios rápidos, que por cierto nos han llevado
28 años de agonía.
Pero la reconstrucción de esa fuerza social requiere un compromiso
humilde y franco de quienes compiten por ser esos nuevos referentes; que luchan
salvajemente por aparecer como comodines del vacío, en lugar de ceder un poco
en función de una reconstrucción colectiva de las fuerzas del pueblo.
Las encuestas parecen dar luces que muchos dirigentes no logran ver.
Según Datincorp el 59% de los consultados asegura que ningún líder político lo
representa y el 69% considera que el liderazgo actual “no sirve”. Otras
encuestas asoman similares resultados. Es que el actual liderazgo ya no depende
del carisma y de los esfuerzos de medios y campañas. Ahora, la capacidad de
concretar victorias para esas mayorías, son el condicionante al escepticismo y
el repudio.
¿Y por qué se mantiene impertérrito el liderazgo de MCM? Tal vez se
desarrolla momentáneamente una suerte de pragmatismo existencial en las
mayorías nacionales ante la sensación de fracaso rotundo de los referentes
tradicionales. Quizás la gente sabe que la única certeza que le queda, es que
ella desaloje del poder a la dictadura y los convoque a las calles, por fin, a
conquistar la libertad.
Mientras vemos si ocurre eso, los trabajadores, los ciudadanos, los
universitarios, jóvenes; los hombres y mujeres de bien, están forzados a dar
una de las más grandes batallas: buscar romper el bucle interminable y
reconstruir las fuerzas y bases de la República. Eso puede suceder si de parte
de los más avanzados dirigentes y de las mentes más lúcidas y honestas, que las
hay, se encuentra por fin en un hilo común de lucidez desde el cual halar.


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