¿Qué fue peor: los terremotos o 28 años de chavismo? Vamos a los datos
Por Jesús Noel Hermoso F.
Los venezolanos hemos padecido el horror demasiado tiempo. Pero antes que los terremotos, la placa tectónica de la venezolanidad ya estaba fracturada. No es hipérbole, son cifras. El doblete sísmico vino a desbordar lo que ya había copado de dolor y sufrimiento a nuestra nación, entre otras cosas, con el éxodo de cerca del 30% de la población. Familias despedazadas por la siniestra estafa de una dictadura delictiva que se adueñó del Estado. Pero la comparación es aterradora.
La riqueza de una nación (Adam Smith dixit) es la suma de lo que produce su trabajo. No hay economista que pueda llevar la contra en esto. A esa riqueza se le suma la ventaja que brinda la naturaleza y la disposición de sus ciudadanos a bien aprovecharla. Partiendo de allí y sin entrar a valorar los asuntos de la distribución y naturaleza de la apropiación de esa riqueza, el núcleo fundamental del tesoro nacional venezolano, fue destruído mucho antes por una catástrofe inigualable: el chavismo.
Cataclismo industrial y laboral
En esta entrega solo vamos a revisar las dos fuentes principales de la riqueza nacional: La fuerza laboral y el petróleo. Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, en Venezuela había cerca de 13 mil industrias vinculadas a la manufactura. La fuerza laboral activa en esa rama superaba holgadamente los 500 mil obreros directos tanto en el sector privado como en el público. Para 2026 apenas quedan en pie menos de 3 mil industrias, con menos de 120 mil obreros activos en las plantas industriales sobrevivientes. Esto representa una caída de las fuerzas productivas cercana al 80%, sin tomar en cuenta el crecimiento poblacional y de mercado, que amplía sustancialmente este porcentaje.
Pero el doblete telúrico que acabamos de vivir no ocasionó daño en la infraestructura industrial. Apenas cerró temporalmente el 20% del parque industrial, ya nuevamente activo según Conindustria. Sin embargo, la muerte de miles de venezolanos bajo los escombros de la corrupción, el abandono total de la planificación y la desinversión social y habitacional, han arrebatado un número muy elevado de venezolanos en capacidad de trabajar. Y aún así, los terremotos no superan la cifra ocurrida con el éxodo de venezolanos de su propia tierra que, para 2026 y según la cifra oficial que brindan los gobiernos del mundo, alcanza los 7.8 millones, excluyendo la migración irregular que podría elevar este número de forma sustancial. La masa laboral perdida antes, ya era descomunal.
Adicional a esto, antes de los terremotos los trabajadores habían perdido totalmente su ingreso real y nominal. En 1999 el salario promedio de un obrero era de $350, con efectos directos sobre su patrimonio a través de contrataciones colectivas y prestaciones sociales, aguinaldos y otros beneficios. En 2026 el salario promedio de un obrero según cifras privadas alcanza precariamente los $210 pero no supera los 14 meses de ingreso al año; el salario mínimo oficial no supera los $0.2 y el resto del ingreso se diluye en bonificaciones que no tienen ningún efecto sobre el patrimonio del trabajador. La desregulación total del trabajo ha sido una hecatombe.
El deslave petrolero
El petróleo sigue siendo nuestra principal fuente de ingresos y aunque sea manido, es fundamental recordar la reducción significativa de la producción, que para 1999 rondaba los 3.2 millones de barriles diarios (bpd) y para este 2026 se acerca a menos de la mitad, con 1.25 millones de bpd y la meta de alcanzar 1.5 millones bajo el control tutelar del imperialismo estadounidense. Pero las cifras deben cruzarse, además, con el crecimiento poblacional y el urgente incremento que debe existir en inversiones del Estado. Aquí el asunto empeora. Pero veamos.
Primero, los ingresos netos aproximados por renta petrolera en 1999 rondaban los $16.500 millones. Ahora en 2026, la estimación del Gobierno es de $22.000 millones. Sin embargo, existen números que descomponen más estos ingresos. Para 1999 el precio promedio del barril era de $16 y para 2026 fluctúa entre $65 y $75; esto implica que, aunque el precio del barril se multiplicó por más de 4, el ingreso apenas subió un 33%, lo que proporcionalmente representa una caída de más de 3 veces el ingreso real latente. Una pérdida del 70% de ingresos en comparación con 1999, sin contar los terremotos.
Segundo, Los ingresos en 1999 por materia de renta petrolera entraban netos al fisco nacional a través de Pdvsa. Hoy, los ingresos petroleros están comprometidos por deudas, laudos internacionales y socios privados, además de que el Estado Venezolano ha cedido mediante leyes recientes y entrega directa, la administración de esos recursos a manos de los EEUU. De hecho, es tan grave la entrega de lo poco que ingresa por petróleo al país, que los senadores demócratas en EEUU han lanzado una campaña e impulsan una Ley que busca hacer públicas las cifras controladas discrecionalmente por el Gobierno de Donald Trump, que se estiman en más de $8.000 millones.
En ninguna de las causas de esta destrucción aparecen las sanciones estadounidenses contra Venezuela ni las acciones de la oposición. Estamos ante la destrucción total del Estado venezolano, de la mano del chavismo y desde sus propias entrañas. Este ha sido el verdadero cataclismo.
Los terremotos del 24 de junio de 2026 solo han confirmado que se puede estar peor, si la dictadura continúa un día más en el poder. Esta conciencia es la que debe prevalecer en cualquier análisis opositor y ciudadano sobre esta tragedia y la táctica y estrategia para salir de ella. Solo basta ver los números de la destrucción de 28 años de chavismo para saber qué hay que hacer, qué es urgente y qué requiere Venezuela para, eventualmente, renacer como una nación de desarrollo, bienestar y progreso para su población.

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