Los terremotos, psicología de la crisis y una devastación que nadie quiso ver
Por Jesús Noel Hermoso F.
Publicado en El Pitazo
El Estado venezolano está devastado. Lo poco que queda se encuentra secuestrado por los peores hombres y mujeres del país. El doblete sísmico que nos golpeó no hizo más que desnudar la verdad. La muerte institucional no comenzó el 29 de junio de 2026, pero fue en ese sacudón y su honda crisis que se reveló nuestro lado más primitivo como República. La bondad y la maldad se desbordaron y, en ese claroscuro (parafraseando a Gramsci) quedó expuesta la verdadera magnitud de la tragedia.
No es algo especulativo. La catástrofe no solo destruyó ciudades y vidas, también alteró la mente colectiva de nuestra sociedad. El cerebro desactivó, como suele suceder en momentos críticos, el “piloto automático”: la amígdala tomó el mando, la supervivencia se impuso y emergieron, con ella, tanto la capacidad de adaptación como las vulnerabilidades más terribles de la especie.
Una tragedia de esta magnitud generalmente tiene efectos neurobiológicos y psicológicos, no solo en la población que la padece de forma directa, sino en la que participa por proximidad o apego social. En la psicología de emergencias se distinguen dos respuestas: La adaptativa, que potencia el altruismo, la cooperación y la creatividad para salvar vidas. Y la desadaptativa, que reduce la empatía y exacerba el egoísmo, el acaparamiento y la violencia por la sobrevivencia.
Haber vivido sendos terremotos tan devastadores ha producido, como nunca antes, un efecto mucho más complejo que la destrucción urbana y la pérdida de tantas vidas. Y es necesario abordar esta perspectiva para entender de qué crisis estamos hablando y por qué es más profunda de lo que se imagina. Los terremotos han mostrado lo bueno y lo malo de los venezolanos, pero con un patrón sumamente inquietante: lo peor provino principalmente del Estado.
Estado en descomposición
En La Guaira vimos lo mejor de la sociedad. Los más pobres, los más golpeados, los más subestimados, los “locos de la cuadra”, han sido también los más heroicos. La escena en el que un grupo de mujeres arrebató billetes de $100 a policías delincuentes y los rompió, uno a uno, es un símbolo de bifrontismo en esta tragedia. Mientras unos policías se querían enriquecer, las mujeres no usaron los billetes para comprar comida ni insumos: los destruyeron. En ese gesto, la dignidad del pueblo venezolano se volvió incalculable.
Pero ¿qué situación lleva a unas mujeres a romper tal cantidad de dinero, quién sabe de qué forma obtenido, y qué lleva a esos funcionarios a robarlos mientras miles mueren bajo los escombros?
El Estado, en general, actuó corroboradamente indolente. Desde la ausencia total de maquinarias y de actividad de rescate hasta casi el tercer día, hasta el decreto de luto, 8 días después del doblete sísmico, toda la respuesta del Gobierno muestra una indolencia inaudita, inhumana. Ni siquiera hay un registro fiable sobre la situación de la niñez que permita corroborar o descartar denuncias de desapariciones y/o secuestro de niños y niñas rescatadas. Ni hablar del triunvirato gobernante, cuya principal preocupación ha sido la de actos protocolares y de adulación al Gobierno de Donald Trump.
Pero si algo revela la información conocida sobre los casos de actuación primitiva, es que las reacciones desadaptativas más emblemáticas han sido protagonizadas casi en su totalidad por funcionarios del Estado, particularmente por policías y militares, las bases represivas y de sustentación de la dictadura que gobierna.
Por el contrario, los actos de mayor compasión, solidaridad, desprendimiento, amor y entrega por el prójimo, han estado destacadamente en personas desamparadas y en la sociedad civil. Los más desatendidos y, al mismo tiempo, los más nobles de este tiempo.
Un cotejo rápido con base en las informaciones más destacadas revela un tenebroso patrón:
- El ya mencionado robo de divisas en las Residencias Vallarta (La Guaira). Los ciudadanos grabaron a estos agentes policiales del CICPC sustrayendo un fajo con aproximadamente $10,000 dólares en efectivo, perteneciente a una familia damnificada.
- Saqueo de electrodomésticos en motocicletas oficiales de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) con cajas de grandes dimensiones con equipos de sonido nuevos. También grabados y enfrentados por ciudadanos indignados.
- Incursiones y hurtos en apartamentos residenciales desalojados en Catia La Mar, a los que ingresaban luego funcionarios militares. Denunciado por ciudadanos y víctimas del robo.
- Captura y entrega de un funcionario militar alcoholizado mientras vigilaba la labor de remoción de escombros y salvamento de vidas que adelantaban decenas de ciudadanos.
- Despojo de insumos y extorsión en puntos de control luego de la militarización de las zonas de desastre y la imposición de salvoconductos estrictos para transitar entre Caracas y La Guaira. En este caso, los agentes policiales y militares retenían o robaban utensilios de cocina, ollas, ropa, comida, equipos y calzado, bajo el pretexto de revisiones de seguridad en los accesos restringidos.
- La desaparición forzada del rescatista improvisado Wilmer Antonio Cruz, apodado por la gente como “El Topo de La Guaira”, quien habría sido secuestrado por parte de presuntos funcionarios del Estado vestidos de negro, luego de criticar abiertamente al Gobierno interino por la desatención y la falta de insumos y equipos para remover los escombros y salvar más vidas.
Pero en las denuncias dirigidas contra civiles, es sorprendente que sean sustancialmente menores y menos relevantes. Se reducen a hurtos por calamidad, asociados al saqueo de casas abandonadas en la zona de desastre por parte de delincuentes comunes, el saqueo de algunos comercios en medio de la tragedia y, en dos casos extremos, abuso sexual.
Es significativo que los actos de mayor degradación humana se concentren en acciones cometidas por el Estado, funcionarios de seguridad y militares. La fuerza represiva policial y militar del Estado venezolano es, como evidencia la suma de hechos, la que peor ha actuado en esta tragedia.
Esto pone en evidencia lo que hemos señalado de diversa forma en otros escritos: estamos frente al enfrentamiento entre el Estado venezolano y sus ciudadanos: Y queda evidenciado con los efectos psicológicos y sociales inmediatos en esta tragedia.
Delincuentes contra la sociedad
Hemos dicho que Venezuela y su Estado/Gobierno ha sido tomada por asalto por una banda de delincuentes. Y estamos, además, frente al Estado más humanamente descompuesto en nuestra historia. Lo peor de la sociedad controla, por la fuerza, al resto de ciudadanos.
Esto no solo revela el grado de descomposición del Estado, sino que compromete al Gobierno de Donald Trump al poner al servicio de sus intereses particulares a esta banda de criminales, luego del 3 de enero de 2026. Esto también ha quedado al descubierto.
Pensé, al inicio, que esta tragedia podría permitir a Los Rodríguez lavarse la cara y actuar de una forma más oportuna y empática, simular siquiera una forma más humana. Y que, incluso, esto podría retrasar un tanto el anhelo de cambio que hierve en la sociedad venezolana. Pero me equivoqué. La tragedia no lo retrasó: lo aceleró. Ha dejado claro que la salida de esta caterva de delincuentes es urgente, aunque implique los sacrificios más duros. Porque los ciudadanos ya no tenemos nada que perder, salvo nuestras cadenas.

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