Basta de inventos, todos sabemos cómo se puede salvar a Venezuela



Por Jesús Noel Hermoso F. 

Posterior a los terremotos se ha acelerado la urgencia del cambio político en Venezuela. Con ellos se produjo un tsunami de iniciativas para salvar la República, vista la extensa destrucción a la que hemos llegado. Pero la diversidad de planteamientos conduce, en casi todos los casos, a su disolución práctica. En ellos se esconde el abandono de la idea de Estado soberano, sea por entrega total de su destino a gobiernos extranjeros o por la ratificación de que la “única” solución está siempre atada al desconocimiento “ineludible” de su raíz constitutiva. 

Contrario a la idea (quizás noble y en otros notoriamente apátrida) de que la madeja de inventos burocráticos que van desde Gobiernos Emergentes hasta Juntas Transitorias, encargadurías o interinatos, traerán una solución soberana, por el contrario, todas esas propuestas derivan, en términos prácticos, en la repetición obstinada de lo que precisamente nos trajo hasta acá: el desconocimiento total de la Constitución. Y con ello, de la base fundamental de la República: el Soberano. 

Algunos parten de la idea de que “el juego está trancado”. Que no hay solución al catastrófico pero infundado “equilibrio de fuerzas” en el que nos encontramos y que, dada la “tabla” política, la solución se encuentra en el intermediario extranjero, legitimador por fuerza de cualquier solución. 

Esa idea también está consolidada interesadamente en el “rodrigato” (gobierno interino de Delcy, Jorge y Diosdado) y también en buena parte de las fuerzas que acompañan a MCM. Incluso, en fuerzas políticas menos relevantes. No así en la opinión de una importante parte de la población. Pero ambas fuerzas, las principales, se disputan el favorecimiento de esa “intermediación” de un gobierno extranjero que no busca intermediar sino, y de forma groseramente evidente, conquistar (como es su naturaleza), vista la posibilidad brindada por esta etapa destructiva de la República, llamada chavismo. 

Por ello, todos los inventos políticos, maniobras y “tramposerías” de la “viveza criolla” que apuntan a legitimar este “atascamiento” histórico, parten de una equivocación de origen que subordina la fuerza y raíz principal que constituye la República y su soberanía, resultante en la autodeterminación y el Estado como organización social derivada, sea en un sentido liberal burgués o sea incluso desde una perspectiva marxista: la mayoría nacional, el pueblo soberano. Todos terminan en la sustitución de la sociedad nacional por un barajo repetitivo de pactos de élite o por el padrinazgo de potencias extranjeras.

DÓNDE ESTAMOS
La soberanía y el asunto existencial 


Definamos con claridad el asunto de la soberanía. Desde la perspectiva liberal se puede entender que en la etapa actual no existe soberanía propiamente. El Estado es, en última instancia, una fuerza militar/policial y burocrática de legitimación y realización del poder de una clase sobre otra. Sin embargo, en la etapa imperialista (no existe ninguna nueva “etapa imperial”) esa soberanía no solo se subsume en el poder de una clase, sino que convierte al Estado en una máquina de sometimiento social a intereses del imperialismo al cual el Gobierno regente (sector de clase que gobierna) se ha afiliado. Así, por ejemplo, la naturaleza de la boliburguesía criolla, gobernante hasta el 3 de enero, fue de evidente filiación con los negocios con el bloque sino-ruso. Los “cuartorepublicanos” anteriormente a los EEUU, y así. Los datos son demoledores y la gente común lo sabe.

Pero la diferencia no está en la soberanía que pueda ejercer el Estado, sino en la capacidad que tenga para autodeterminar su interés económico-territorial frente al interés de otras naciones más poderosas económica y militarmente. El resultado es que la lucha por la soberanía en los pueblos menos desarrollados se convierte en un asunto vital de existencia que, inevitablemente, conduce a la lucha constante por su autodeterminación, incluso, atizando una lucha interna entre sus propias clases dominantes por desplazarse mutuamente, en competencia fratricida por el poder del Estado. Estas contradicciones, por cierto, son al mismo tiempo reservas estratégicas de los oprimidos, aunque esto es otro asunto.

Pero la disolución del Estado es, de suyo, la disolución de la República y, por ende, de la soberanía, incluso desde la perspectiva liberal burguesa. Ni hablar desde la perspectiva de la autodeterminación económica, política, social y cultural de la nación. Se convierte en una amenaza existencial a la utilidad política y económica de toda la clase burguesa en una nación. Es que la posibilidad de una regencia extranjera supone la extinción objetiva de cualquier vestigio de clase políticamente dominante en la nación sometida, sustituida por los emisarios o administradores foráneos. Pero por ahora esto es teoría. 

Ahora, pensemos por ejemplo en Fedecámaras. O en los sectores capitalistas que acompañan a Maria Corina Machado y a los representantes de la burguesía criolla o de sus ideas. Están, quieran o no también (y lo evidencian sus propias declaraciones, confusas y desesperadas), frente a la posibilidad de disolución objetiva de su sentido de existencia. Ni siquiera harían falta para ejercer la función de Estado “soberano” desde su propia perspectiva. Cosa que por ahora ejerce precariamente la dictadura chavista remanente.  

Por ello, todas las propuestas que afiancen la idea de desconocimiento de la soberanía popular y nacional y, peor aún, que buscan su desconocimiento desde una perspectiva enmascarada de burocracia y procedimientos jurídico políticos, de suyo, propician el desconocimiento fáctico de la Constitución, base jurídico política de la República. Y ello conduce precisamente a afianzar, como riesgo, lo que hemos señalado anteriormente, la inutilidad de existencia de la clase dominante, dado que el dominio ya no se ejercería por la propia República sino por administración militar y político burocrática de fuerzas extranjeras.

QUÉ HACER
¿No existe otra opción? 


Estas condiciones son las que fuerzan la idea de que cualquier propuesta genuinamente soberana, soberanista, sea desde la perspectiva marxista de la autodeterminación o desde la propia perspectiva burguesa de “soberanía liberal” de administración del Estado en favor de la subordinación imperialista, debe procurar defender al Estado y su relativa independencia, incluso en su función de sometimiento y dominio social, político, jurídico y policial-militar. Esta es una contradicción que luego se resolverá inevitablemente. Pero para resolverla, al menos, debe primero existir dicho Estado. Siendo así, cualquier idea que propenda a salvar ese sentido de República requiere una defensa sólida de su propia Constitución, incluso, más allá de las diferencias que sobre ella existan. 

No hacerlo es condenar a Venezuela a una regencia imperialista directa que, en lo sucesivo y de concretarse, traerá nuevas y muy duras condiciones de lucha, nuevas contradicciones en el mundo contemporáneo y el barrido casi total del liderazgo hasta hoy conocido. Podemos estar frente a la posibilidad de una nueva era (no solamente para el país) sumamente violenta y convulsa en la que el éxodo de cerca de 9 millones de venezolanos o las consecuencias del doble terremoto del 24 de junio serán la consecuencia menos grave que hayamos tenido.

Por ello, la estrategia de retomar el hilo constitucional como centro de la política opositora es insoslayable. De ahí se desprende que la lucha por el reconocimiento del último escrutinio soberano sobre la voluntad de los venezolanos, debe rescatarse y debe concretarse. La única institución constitucional en pie hoy es la Presidencia electa de Edmundo González Urrutia el 28 de julio de 2024. Es el último acto soberano ejecutado. Ese fue el punto de partida del desconocimiento de la Constitución, del Estado y con ello, de la República. Fue precisamente esta rendija por la que se coló el interés estadounidense el 3 de enero de este año. De ese “desliz” del Estado venezolano, se vino el actual e impertinente aprovechamiento. 
 
La transición hacia la democracia requiere un tránsito acelerado hacia la restitución del Estado y de sus bases jurídico políticas elementales y fundacionales. Partir de esa reafirmación de soberanía, de autodeterminación, es imprescindible, incluso para los sectores de la dominación burguesa en Venezuela. Todas las ideas adjetivas pueden y deben nacer de ahí. Gobierno de Transición, de Emergencia o de Salvación, en todos los casos se requiere un Gobierno de legitimidad republicana y constitucional. Y eso únicamente lo representa EGU, quien está vivo y no ha renunciado nunca a su condición. 

En resumen, la salida para salvar la República pasa ineludiblemente por retomar el hilo constitucional, reconocer la legitimidad de la Presidencia electa, crear junto con ella un Gobierno para la Salvación de la República y movilizar la fuerza popular en función de restituir la conducción soberana de su destino. Todas las adjetivaciones deben estar sustentadas en este principio. 

Es falso que no hayan fuerzas humanas para la reconstrucción. Solo basta apelar a ellas. Están dentro del territorio y también en una diáspora dispuesta a regresar ante cualquier oportunidad genuina. 

CÓMO HACERLO
El problema de “la fuerza” y los dirigentes


El “equilibrio de fuerzas” no expone nuestro caso concreto en este día y hora. Ciertamente hubo un equilibrio de fuerzas entre opresores y oprimidos que condujo a una derrota espantosa de los trabajadores luego del advenimiento del engaño chavista. Pero hoy no estamos frente a un enfrentamiento de clases por el poder político del Estado. La desproporción de fuerzas es muy ancha. Los trabajadores han sido estruendosamente derrotados y nos toca reconstruir fuerzas y resignificar intereses. Ni siquiera estamos frente a la pugna por un nuevo reparto de la riqueza entre facciones. Peor aún, hoy estamos ante la necesidad de defender el sentido elemental de la existencia republicana y, de suyo, soberana como nación. Los chistes sobre el “estado 51” son la morisqueta de un futuro posible.  

Ya hemos visto que la urgencia no es solo inherente a la clase obrera y a sectores populares sin propiedad. Es prácticamente una lucha por la existencia de la nación. Por ello, y de forma involuntaria, la idea liberal de soberanía como la capacidad de una nación a decidir sobre sus momentos excepcionales, expuesta por ejemplo por Carl Schmitt en su teología política (1922), hace entronque positivo con la idea leninista de la autodeterminación, que supone la independencia política y la libertad de separación elemental de las naciones respecto de otras. 

Estamos sin duda ante una lucha nacional. Esto deriva en una coincidencia objetiva e inevitable entre intereses y factores radicalmente disímiles ideológicamente. Se trata de la defensa del territorio no solo como entidad abstracta, sino como resultado de un desarrollo histórico, cultural, social y de riqueza potencial del suelo sobre el que nuestra nación se edificó. Es una lucha existencial emparentada con la emancipación libertadora de entre 1810 y 1823.

Como en la lucha libertadora, existen sectores que prefieren arrendar totalmente su tierra de nacimiento, la riqueza y su usufructo total, con tal de regentar una parte minúscula de las sobras. Los apátridas no han dejado de existir. Pero no parecen ser el sector mayoritario, pese a su importante influencia. Claramente limitados a lo que en Venezuela se conoce como “el alacranato”, junto con otros sectores camuflados en la oposición, la población entera los identifica con una precisión de microscópico analista. No son por ahora una fuerza relevante.

Las fuerzas para esta liberación nacional están vistas y es momento de apelar a ellas. Están sepultadas por lo pronto bajo los escombros de la confusión, la inmadurez y la incomprensión política y estratégica de sus líderes y dirigentes. De esa dolencia nace la incapacidad y/o el desespero que lleva a muchos a suponer un “juego trancado”. Y es de cierta forma una posibilidad que está estrechamente vinculada a sus líderes visibles y dirigentes. Ambas cosas, de hecho, las padecimos en todo el proceso reciente, incluyendo los experimentos de Guaidó, 19 de abril y otras locuras y maniobrillas de la inexperiencia. 

En general, las pocas veces que la oposición ha estado próxima a triunfar, ha sido cuando ha apelado a las fuerzas del pueblo. Sea en las rebeliones de 2014 y 2017, en las que obligó al gobierno a sentarse (aunque con burla como resultado) o el 28 de julio de 2024. Y algo que contradictoriamente revela su veracidad, es que en todos esos momentos, precisamente, la oposición reconocida, la de fama creada, es la que frenó en seco la fuerza telúrica que se venía desarrollando en el movimiento de masas. La derrota no ha sido resultado del levantamiento popular y “la violencia” de las masas. La derrota siempre ha sido la parada de burro que le han aplicado. Pareciera una especie de tara lo que no les permite ver de forma ordenada los hechos.

Dos aspectos de una misma “teorización” son contradictorios. Al tiempo en que por fin dirigentes opositores han concluído que el chavismo es un grupo delictivo apoderado del Estado y dispuesto a todo, con énfasis sangriento, para mantenerse en el poder, hacen un corte transversal gnoseológico con la idea descabellada de que la salida del chavismo se dará por una negociación política o como resultado de una “ayudadita” internacional imperialista. Y una y otra vez, ambas ideas, contradictorias en esencia, explotan en sus caras condenándolos al peligro de su propia anulación existencial. 

La argumentación para no apelar a la rebelión social, a la restitución del hilo constitucional bajo el amparo del derecho consagrado en los artículos 333 y 350, siempre, es la (sanguinaria) idea de la paz. De ahí que, cuando Venezuela entera estaba dispuesta a todo por defender los resultados de su rebelión electoral, el 29 y 30 de julio, la oposición cometía por enésima vez (error reconocido hoy entre pasillos y mentideros) la equivocación de detener y no acompañar la única verdadera fuerza con la que cuenta: la fuerza de las masas y de su capacidad de rebelión. No nos detendremos en lo que representa, para las mayorías, la oposición en general. También la gente tiene un sentido práctico y utilitario de las organizaciones y de los dirigentes. Por sentido común, incluso. Por eso la efervescencia tan vertiginosa de algunos liderazgos en subir, para luego caer con mayor velocidad en el desprecio colectivo.

CON QUIÉN HACERLO
El liderazgo y la emancipación


Por ello, es fundamental comprender tres asuntos clave. Primero, no existe una dirección política y, la mezquindad, la incomprensión y el arribismo, sumados a la acendrada tendencia al caudillismo, han impedido que esto se concrete. Porque no solo se trata de quiénes están en esa posibilidad de dirigir o de incidir en esos espacios, sino cuáles ideas promueven y/o ejecutan en dichos habitáculos. 

Segundo, no hay tiempo para sustituir los liderazgos y los personajes encumbrados que ya existen. No hay tiempo para suplantar organizaciones, por más arribismo y miserias que las hayan concitado. Hay que andar sobre lo que existe. Estos son los bueyes. 

Y tercero, hay que esforzarse porque los dirigentes de la oposición, los que mejor puedan, se hagan portadores de ideas correctas sobre lo que hay que hacer en el país. Así sea por la llegada fortuita de ideas peregrinas y distantes por oportunidad, pero correctas en su definición.

La líder con mayor reconocimiento en Venezuela actualmente es, por mucho, Maria Corina Machado. No se trata de adulación sino de comprensión de la realidad concreta. Es ella quien puede concitar la disposición inminente en la sociedad hacia una rebelión y cambio definitivo. Puede ser fácilmente una dirigente y una dirección política en sí misma. También, la que por ahora puede enervar las fuerzas para una eventual reconstrucción inicial del Estado y de la República. En ella reside la capacidad de despertar la fuerza que pueda romper ese “juego trancado”, ese supuesto “equilibrio” existente. 

Pero esto hay que entenderlo como parte de un proceso en desarrollo y no como un absoluto inamovible. También puede perder ese momentum. También, como ha sucedido ya, puede desperdiciar su condición. Porque también de esa capacidad concitada azarosamente en un individuo, es que la historia y los pueblos echan mano o también se pierden.

DETALLES IMPORTANTES 
Los progresistas y el futuro


La esperanza de zafarnos del mayor freno para el desarrollo hacia etapas históricas superiores, descansa en la traba que representa el poder establecido por la dictadura de una mafia dispuesta a negociar la República (ya lo hemos analizado y no vale insistir), que se ha paseado de ser expresión de los intereses imperialistas chinos y rusos, a ser ejecutores directos de la política imperialista de MAGA y del América First en un santiamén. Su objetivo existencial se limita a seguir apropiados de las sobras que deja la renta nacional tras la extracción imperialista de nuestra riqueza natural, sin importar el costo que implica la disolución de nuestra nación. No comprender esto desata un lodo inexpugnable sobre el entendimiento de todo lo demás. 

La idea de que se puede salir primero de la dependencia imperialista sin que salgamos de la dictadura que lo representa y necesita de forma existencial, es increíblemente absurda e incoherente. Por ello, para los sectores progresistas y en general, para el pueblo y la nación venezolana, echar mano de todos los recursos, incluyendo fuerzas que puedan eventualmente aparentar o ser incluso contradictorias con los intereses inmediatos del país, es inapelable, so pena de transitar un largo y agónico camino de espera.

Esta es la confluencia objetiva de intereses y lo que condiciona la comprensión acerca de con cuáles fuerzas cuenta Venezuela para salvarse. Hoy, el acto más revolucionario y más soberanista que puede haber es sacar al chavismo entero del poder. Y es también el acto más antiimperialista, aunque pueda ir de la mano de los proimperialistas declarados más conspicuos. Pero la idea antiestadounidense limita demasiado el análisis en el caso de esa cosa que llaman izquierda y sobre este asunto no vamos a profundizar esta vez. 

En general, es fundamental ver no solo al enemigo principal sino al obstáculo principal para derrotar a ese enemigo. Si enfrentamos a MCM en la misma dimensión con la que enfrentamos a los Rodriguez, entonces habría que asumir que hay alguien más (un nosotros) que puede de verdad desplazar al interés gringo, representado hoy circunstancialmente en la dictadura. Estamos bastante persuadidos a pensar que los trabajadores y las fuerzas populares o la más liberalmente conocida Sociedad Civil, están imposibilitados de desplazar a la dictadura del poder político sobre el Estado. Lo que conduce a pensar que negarnos al uso de otras fuerzas, aliadas por la circunstancia, sería una torpeza enorme.

Las fuerzas populares, independientemente de las causas, están hoy derrotadas como fuerza autónoma. Poco espacio y tiempo queda como para evadir la necesaria complicidad con quien mejor entorpezca la política del poder establecido y la política del imperialismo en general. También está la posibilidad de seguir patinando en nuestro propio ego y pensar que por obra y gracia del Espíritu Santo, en algún momento, vamos a obtener la fuerza como para rescatar solos la República. Entre tanto, se nos disuelve la patria entre las manos.

Una de las grandes tragedias para grandes dirigentes es no siempre haber sabido aprovechar, en medio de sus propias debilidades, las fuerzas del enemigo. Ser lo suficientemente fríos como para entender que el asunto no está en cómo nos vemos frente a la historia. Porque es poco relevante cómo nos verán en el futuro, cuando lo que está en juego es precisamente el futuro.

Es fundamental partir del verdadero deseo y necesidad de nuestros trabajadores y nuestros compatriotas, reprimidos, saqueados y ahora tapiados por un terremoto que comenzó en 1999 y que hoy se muestra tal cual es: esos militares, policías y funcionarios del Estado saqueando las casas de los muertos que ellos produjeron previo a los dos terremotos. No hay espacio para un antiimperialismo que prefiere enfrentar la larga derrota del tiempo y la espera, con tal de no ensuciar su ego, disfrazado de teoría social emancipadora. No los va a perdonar la historia. Los pueblos sabrán quiénes prefirieron dejar de sumar fuerzas para salir de esta iniquidad, con tal de salvar su "reputación" herida. Pero tampoco le va a perdonar la historia mundial a quienes, teniendo en sus manos la capacidad de hacer, de dirigir y de utilizar la fuerza que tienen a disposición, prefirieron transar entre maniobras y conciliábulos imponderables la suerte de la República. 

En MCM y su entorno más cercano está, en buena medida, la decisión. Albergamos la esperanza (idealista como toda esperanza) que su retorno a Venezuela no sea para negociar salidas que agreguen el tiempo que necesita la dictadura para sortear vicisitudes. Su retorno será inútil si no apuesta por el uso directo de la fuerza, que en última instancia le da aliento de nación a la patria: la fuerza de la soberanía popular, la fuerza del bravo pueblo venezolano, que ha demostrado una y mil veces total disposición a la libertad y la independencia.

Montevideo, 18 de julio de 2026

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