La captura de Diovanny Romero: “Dijeron que yo tumbé la estatua de Chávez”
Un crimen de Estado que desnuda el complejo sistema de violaciones a los DDHH en Venezuela.
Por Jesús Noel Hermoso Fernández
Cientos de personas se agruparon frente al monumento de la Plaza del Comandante Eterno Hugo Chávez Frías, en la avenida Chema Saher de la ciudad de Coro, en protesta contra las cifras oficiales que horas antes había emitido el Consejo Nacional Electoral (CNE). Gritos y consignas en dirección hacia la figura de piedra, espetaban con la voz todas las rabias acumuladas. Acababan de suceder las Elecciones Presidenciales en Venezuela. Iniciaba la tarde del lunes, 29 de julio de 2024.
Durante la madrugada, el presidente del organismo electoral, Elvis Amoroso, había declarado a medios de comunicación que, “con el 80% de las mesas escrutadas y con un nivel de participación electoral del 59%”, los resultados eran favorables al mandatario Nicolás Maduro, con 5.150.092 votos (51.1%); y desventajosos para el candidato opositor Edmundo González Urrutia, con 4.445.978 votos (44.2%). “El primer boletín marca una tendencia contundente e irreversible", añadió.
Venezuela quedó insomne. Las redes sociales eran un hervidero. La ira se abría paso digitalmente pese a la amplia censura aplicada por el Gobierno a servicios y portales en internet. De acuerdo con los representantes de la oposición agrupados en el Comando Con Venezuela, las cifras emitidas por el CNE eran falsas. Entonces, la idea del derrocamiento de la estatua del expresidente venezolano tomó forma durante esas horas.
A 445 kilómetros de Caracas, la capital del estado Falcón le abrió paso, sin convocatoria ni dirigentes conocidos, a la furia popular. “Fue una cosa totalmente espontánea, de nosotros mismos. Ya sabíamos lo que venía. No imaginamos que el fraude iba a ser tan descarado, pero nos activamos de esa manera”, cuenta Luis (nombre ficticio para su protección), en una llamada segura que hicimos desde el Comité por la Libertad de los Luchadores Sociales y Presos Políticos. En esa comunicación describió cómo ayudó a tumbar a la enorme figura de yeso y vigas en Coro. Por ese crimen fue encarcelado Diovanny Romero durante casi un año, en una de las cárceles más violentas del país.
“Lo de la estatua era algo que ya se venía comentando en un grupo de WhatsApp que formamos. Estábamos claros de que el Gobierno no iba a aceptar los resultados y que la pelea tenía que ser en la calle. Así que se coordinó, creamos el grupo y quedamos de acuerdo en ir al día siguiente, alrededor del mediodía, a la plaza, con el fin de tumbar esa estatua como forma de protesta”, revela con la voz erizada por lograr, por fin, contar su versión.
Pero la cólera no fue exclusiva del estado occidental. De acuerdo con un reporte de la BBC Mundo se destruyeron distintas esculturas en al menos siete estados de Venezuela. Aragua, Bolívar, Carabobo, Guárico, La Guaira, Mérida y en Falcón, que fue el estado pionero en tumbar un monumento del mandatario fallecido. Luis y decenas de jóvenes fueron los protagonistas.
Ese día se cifró en 187 las protestas en 20 de los 23 estados, según la organización Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS). La bitácora de la ONG también identificó el derribo de otras obras en honor al expresidente, quien gobernó desde 1999 hasta su muerte, anunciada por Nicolás Maduro en marzo de 2013. Todas las piezas derruidas por los manifestantes alcanzaron el escrutinio público y masivo de las redes sociales.
Luis sintió que había iniciado algo importante junto a sus compañeros. Pero su orgullo no identificó, hasta ese momento, que también había comenzado una tragedia. Diovanny Romero, a quien millones de venezolanos han venerado (y también rechazado) como “el chamo que tumbó la estatua de Chávez en Falcón”, fue acusado, herido, capturado, torturado, enjuiciado y encarcelado por ser supuestamente el autor material del derribo de aquella efigie, repudiada tanto en esos días.
Sin homenajes
En un video fechado el 3 de agosto de 2008 y difundido en X (antiguo Twitter), aparece el presidente Hugo Chávez hablando. “Les ruego que mi nombre no se lo pongan a nada". Sus palabras se inmortalizaron durante el programa ¡Aló, Presidente! N°316. "No, no, no. Nada de calle Hugo Chávez, nada de puente Hugo Chávez. ¡No, por el amor de Dios, eso empava (trae mala suerte). Hay que ponerle (a esas obras) los nombres de los próceres”, agregó, en un tono que parecía sincero.
Sin embargo, un reportaje realizado por el diario chileno Emol el 1 de agosto de 2024 y titulado “Objetivo Chávez: Cómo la veintena de estatuas del líder bolivariano se han convertido en símbolo del malestar", reunió los testimonios de académicos e historiadores que cifraron en 24 -una por estado- el aproximado de monumentos homenaje al militar. Las figuras destruidas durante las protestas contra los resultados del CNE, fueron siete, todas identificadas por la plataforma periodística Conectas, que realizó un mapeo de los derribos a través de la geolocalización, redes sociales y verificación de testimonios.
Cuando Luis llegó al lugar de la protesta, cerca de las 3:30 de la tarde, la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) había comenzado a lanzar bombas lacrimógenas para dispersar la manifestación. “Mucha gente se estaba retirando porque había niños y adultos mayores que habían asistido a lo que inicialmente era una protesta pacífica. Pero justo en el momento en que yo iba llegando, los jóvenes se alzaron contra los guardias, empezaron a defenderse lanzándoles piedras y los guardias salieron corriendo”.
Tras aquella penosa retirada, los efectivos de seguridad convocaron refuerzos para retomar el control del lugar. Se sumaron miembros de la policía regional y más funcionarios de la GNB y, cuando se dispusieron a asaltar nuevamente la plaza, ya cerca de las 4 de la tarde, se desató la ira colectiva.
“Aquello fue una escena impresionante. No sé si usted ha visto la película Avengers: Endgame. Llegó un montón de motorizados de nuestro lado y toda la GNB salió corriendo. Toda la calle se llenó por completo de motorizados. Fue un mar de motos como yo nunca había vivido; un oleaje de motorizados. En ese momento en que se tomó el control de la plaza, se concretó la idea de tumbar la estatua”. La emoción con la que Luis describe el episodio, evoca el rostro de un adolescente practicando un deporte de alto riesgo en el que puede morir.
De hecho, al ceder el sol, las organizaciones de DDHH comenzaron a publicar las cifras de heridos y fallecidos durante la represión de las manifestaciones en varios estados. Según el Monitor de Víctimas del medio digital Runrunes, el día siguiente a las Elecciones Presidenciales hubo 17 asesinatos en cinco estados durante las protestas. Al menos 6 muertes fueron cometidas por grupos paramilitares progobierno, 8 por militares y 2 por policías. También se reportaron decenas de heridos.
Nace un ídolo
Cuando la gente retomó el control sobre la plaza, el grupo de amigos en el que estaba Luis buscó arduamente una cuerda. “También estábamos cuadrando para que llegara un camión, porque el plan inicial era jalarla con un vehículo. Pero al final se adelantaron otros muchachos de los que estaban ahí. Fueron varios los que participaron en el derribo”.
Un grupo de personas se subió con mandarrias, palos y banderas a la escultura. La situación era delirante y desordenada. Luis sacó su teléfono Iphone y comenzó a grabar videos y a tomar fotografías. "¡No graben, no graben!" gritaban algunos, pero las redes sociales se inundaron de imágenes de la escena. Algunas de esas imágenes virales las difundió Luis. “En ese proceso, vi al chamo que sale en la foto (famosa)”.
Al caer la estatua, la celebración exacerbada dio paso veloz a la precaución y los planes. La mayoría de los participantes se deshicieron de su ropa para no ser identificados. En los videos se ven al menos cinco personas subidas al monumento antes de ser derribado, pero ninguna, además de Diovanny Romero, fue detenida. La imagen de aquella estatua echada abajo trascendió, en video y fotografías, por millones de reproducciones en redes sociales y desató una emoción tan generalizada en la población que manifestaba, que se materializó en nuevas demoliciones en otros estados del país.
Luis recuerda que después de tumbar la figura, “prácticamente se acabó la concentración. Ya no quedaba nada más por hacer en la plaza. Entonces, el enorme grupo de motorizados se dirigió derechito a la sede del CNE y para allá arrancaron todos los muchachos del grupo, dejando la plaza con la estatua derribada y todo destruido”.
Cuando comenzó a caer la tarde, el grupo se fue a pie hasta sus casas. La mayoría era de la zona. “Lo que hicimos fue resguardarnos porque la Guardia comenzó a patrullar, llevándose preso a todo el que vieran por ahí. Eliminamos el grupo de WhatsApp para evitar cualquier tipo de conversación incriminatoria, aunque nos seguíamos pasando información por otra vía (la aplicación Signal)”. Luis eliminó también los registros fotográficos. Intentó rescatarlos de la nube para esta entrevista pero, lamentablemente, fue imposible.
A pocas horas, entrada la noche, los medios de comunicación transmitieron la imagen de un joven desaliñado y con el rostro inflamado por posibles golpes, señalado como el presunto responsable de haber tumbado la estatua de Hugo Chávez en la avenida Chema Saer. Era Diovanny Romero. “Al ver la foto, nos quedamos locos”, revela Luis.
La captura
A las 6:15 pm, la Policía Nacional Bolivariana (PNB) capturó a Diovanny Romero. Su esposa, Jaimary Hidalgo, dijo que los agarraron yendo a comprar medicinas en una moto. Se detuvieron a mitad de la calle para ayudar a un hombre accidentado y cuando empujaban el vehículo para intentar repararlo, llegó la policía acusando a Romero de ser un manifestante.
Corrió para intentar huir pero los oficiales lo alcanzaron cerca de la Oficina Regional Electoral de Coro, que pocas horas antes había sido incendiada en una protesta sucesiva al derribo de la estatua. Al principio lo acusaron a través de las redes sociales, de incendiar la sede electoral. Pero horas después lo vincularon con la persona que aparece en la icónica fotografía derribando el monumento. Esa fue la causa que finalmente le imputó el Ministerio Público.
Romero estuvo desaparecido por 65 horas. Su compañera lo pudo ver la tarde del miércoles, 31 de julio, en la sede de la policía del estado. Tenía heridas de perdigón en su espalda y pierna. Así habían logrado detener su escape. Ella dice que cuando lo detuvieron, cargaba unos shorts de Bob Esponja y no un bluyín como el joven que aparece derribando la estatua. Esto se puede ver en la foto difundida por la policía. El suéter que cargaba era similar, pero es difícil confirmar que fuese el mismo.
La madrugada del martes, 30 de julio, el grupo de amigos de Luis estuvo en vilo nuevamente. Intercambiaban información sobre las rutas por las que la GNB estaba patrullando, para evitar ser capturados. Una de las conversaciones fue precisamente sobre Diovanny, después de que lo vieran reseñado en medios oficiales del Estado como el autor del “crimen de la estatua”.
La imagen estampada
La historia de Diovanny Romero hace un corte transversal a la de Genesis Pabón y Rocío Rodríguez, luego de dos semanas de su captura. Ellas vivieron las protestas postelectorales a 600 kilómetros de distancia de Coro y de Romero. Con 27 años y nacida en El Vigía, estado Mérida, Génesis fue encarcelada junto a su amiga y socia en un emprendimiento de camisetas estampadas.
La imagen del joven martillando la estatua se había convertido en tendencia en redes sociales. Para muchos, un héroe que estaba secuestrado por haber tumbado la primera escultura de Chávez, luego de las elecciones. De hecho, un hombre contactó a las emprendedoras por la red WhatsApp para que le hicieran unas camisetas con la imagen viralizada como símbolo de lucha por la libertad. Insistió cuatro veces, hasta que las persuadió.
Rocío tenía 24 años. Días antes había publicado en la página “Marketplace” de Facebook una oferta de “franelas personalizadas”. Estampadas con la palabra Venezuela, el mapa del país o la emblemática mujer de la marca de Harina Pan de la empresa Polar, la camiseta que destacaba era la de aquel muchacho destruyendo a porras la escultura de Chávez. Diovanny Romero, acusado por aquella estampa iconográfica, estaba siendo golpeado y violentado en sus derechos civiles y políticos mientras su imagen era convertida involuntariamente en un valor comercial. Sin embargo, Rocío al día siguiente borró la publicación, por miedo y por remordimiento, pero ya era tarde.
El hombre, que aparentemente vio la publicidad, convenció a las muchachas de que les hiciera el trabajo que “necesitaba con urgencia”. Pagó $45 de los $110 que costaban, les envió las fotos que quería y les dijo que pasaría a retirarlas el viernes, 16 de agosto, a primera hora. Y así fue. Se presentaron dos hombres a retirar el pedido, pero estaban acompañados de funcionarios policiales. Los oficiales tomaron las franelas, las revisaron y, sin mediar frases, se llevaron a las chicas detenidas.
A las 6 de la tarde, estando en la comisaría de policía, caen en cuenta de que están presas. Su ingenuidad se puede leer en el acta de presentación LP11-P-2024-000621. Génesis relata que los policías que las detuvieron les dijeron que, quien las contrató y su acompañante, también habían sido detenidos. Ellas los vieron. “Estaban tranquilos, no fueron esposados”. Incluso confesaron sentir pena por ellos porque uno de los hombres parecía haber llorado. Pero después, hilando fino, entendieron que todo había sido una emboscada.
Fueron condenadas, después de estar encarceladas en condiciones inenarrables por casi un año, a 10 años de prisión en julio de 2025. La Juez Tercera De Primera Instancia en lo Penal del estado Mérida las halló culpables del delito de Incitación al Odio, contemplado en una ley cuyo largo nombre incluye como objetivo declarado la convivencia pacífica y la tolerancia en el país.
Pero el hilo de acontecimientos que rodeaba el caso Diovanny Romero y la estatua derribada, se seguía desarrollando en una secuencia inesperada. Dos meses después de la captura de Génesis y Rocío, el 29 de octubre de 2024, los mismos funcionarios que participaron en el procedimiento de las jóvenes merideñas, también fueron detenidos por haber permitido la fuga de Abraham Hayon Chocrón, alcalde de Mucuchíes, municipio Rangel, del estado Mérida, quien estaba encarcelado por traición a la patria luego de defender públicamente el triunfo electoral del candidato opositor.
Su fuga sucedió en las instalaciones de la PNB El Boticario, en Ejido, pero ninguno de los funcionarios había sido culpable. El propio intendente municipal los exculpó públicamente, tiempo después de la fuga.
La secuencia de injusticias en todos los casos que se conectan con Romero, se seguía ampliando. La verdad, confesada por el propio alcalde es que, tras haber sido encarcelado por 52 días, había urdido un fantástico plan de evasión por un túnel que efectivamente construyó, con ayuda del exterior y sin que los policías se percataran.
Génesis y Rocío fueron excarceladas cinco meses después, bajo medidas sustitutivas de prisión, el 8 de enero de 2026, como parte de la ola de liberaciones de prisioneros políticos en Venezuela ordenada por el Gobierno interino de Delcy Rodríguez. Los policías que las detuvieron, permanecen detenidos en el Centro Penitenciario Yare II, en el estado Miranda, a unos 600 km de distancia de la ciudad de Mérida.
Tocorón city
La cárcel de Tocorón, a 355 km de Coro y en el céntrico estado de Aragua, es célebre por haber operado como "cuartel general" de la banda delictiva más famosa del continente en la actualidad: El Tren de Aragua. Hasta septiembre de 2023 funcionó bajo un sistema de "pranes", que consistía en que el Estado venezolano cedía el control interno del penal a los líderes criminales o pranes. De hecho, el reclusorio sirvió durante una década como búnker de la banda.
En el correccional, los hampones instalaron una discoteca con reconocimiento internacional, piscinas con puentes y área para conciertos en los que participaron artistas importantes. Había comercios y restaurantes, establecimientos de comida rápida, un Steak House de lujo, tiendas de ropa y expendios de bebidas alcohólicas y drogas. También había parques infantiles, cancha de baloncesto, un inaudito estadio de béisbol real y casas de apuestas para peleas de gallos. La guinda era un zoológico con diversas especies de animales exóticos. La cárcel contaba con una red eléctrica propia, internet y granjas de computadoras dedicadas a minar Bitcoin.
Sin embargo, Diovanny Romero no pudo “disfrutar” de aquel “idílico” encierro. Llegó a Tocorón en octubre de 2024 junto a un grupo de cerca de 50 reos que fueron trasladados para engrosar la lista de presos políticos que estaban en el correccional. Las condiciones del penal habían cambiado radicalmente. Uno de esos presos era el periodista Victor Ugas, quien compartió con Romero nueve meses de infortunio carcelario, un lugar en el que no había agua corriente, los pocos alimentos que les daban estaban muchas veces descompuestos y la vida dependía de los familiares y la solidaridad entre prisioneros.
Los carceleros lo presentaron ante los demás reos como “el chamo de la estatua”. Era un título que daba relevancia, quizás también protección, ya que entre presos se establece una suerte de jerarquía natural, de escalafón, si la causa es importante comunicacionalmente o no. Diovanny reafirmaba siempre su condición: “Soy el de la estatua”, por si acaso. Con Ugas estableció una relación de solidaridad y confianza como la que se establece entre presos por una misma causa, injusta en este caso: su posición política. Pero Diovanny era escueto de palabras.
En la celda había tiempo para conversar. Diovanny “no hablaba mucho”, recuerda el ex preso político. Sin embargo, rememoró las torturas y golpes de los que fue objeto por parte de la policía. También su preocupación por las amenazas a cambio de silencio contra su familia, las necesidades que implicaba el traslado de familiares hasta Aragua para verlo eventualmente y llevarle alimentos e implementos de existencia. Estar preso en Venezuela es un espanto inenarrable, lo han descrito las propias víctimas.
Mientras Diovanny padecía tiempo en prisión, la imagen icónica de su hazaña destructiva se viralizaba y alcanzaba fama internacional. Adquiría incluso dimensión teórica y política y se redimensionaba en comparaciones históricas de analistas y divulgadores, como hito repetido del fracaso de un régimen político. Pero el símbolo de rebeldía era, en realidad, como suele suceder, un hombre menudo, sencillo y de palabras escasas.
¿Héroe inocente?
“Nosotros nos dimos cuenta de inmediato de que ese no era el chamo que había tumbado la estatua”, revela Luis. La versión de que Diovanny era el autor, estuvo en duda desde un inicio entre periodistas y abogados, pero nadie tenía la certeza y la idea colectiva de su heroísmo, solapaba más indagaciones. La defensa de su esposa y de muchos allegados sobre la diferencia de contextura, tamaño y personalidad de Diovanny respecto al muchacho de la foto, parecía querer conquistar el perdón oficial hacia Romero.
En redes sociales se edificaba una historia diferente. Justificaban la versión de su inocencia como parte de una estrategia de defensa de la integridad del joven. Pero nadie había obtenido una versión distinta del propio Romero, más que jueces, fiscales y policías ante quienes al principio declaró su inocencia. Ni siquiera sus compañeros de celda obtuvieron una versión diferente a la de la sentencia. Romero era el hombre.
“Yo conocía al verdadero chamo de vista, no de trato. Él no estaba en nuestro grupo, pero pertenecía a otro en común. Yo podía identificarlo físicamente. Además, en las imágenes y videos que yo tenía grabados en mi teléfono, el chamo salía claramente y no tenía absolutamente nada que ver con la persona que el Gobierno presentó”, asegura Luis.
Cuando bajaron las aguas, en el grupo discutieron sobre el caso. “Yo fui uno de los primeros en decir: ´Ese no es´. En ese momento teníamos los videos y se podía comprobar la inocencia de Diovanny. Pero nadie quiso hacerlo por miedo a que nos metieran presos. Creo que el Gobierno necesitaba mostrar una contraparte, dar un mensaje de: ´Lo atrapamos y aquí nosotros somos la ley´ contra la imagen del chamo arriba de la estatua, que representaba la libertad para Venezuela”.
“El chamo que realmente lo hizo se fue del país. De eso me enteré tiempo después. Los compañeros me dijeron que logró irse y que, gracias a Dios, no lo agarraron. Nunca supimos de su paradero ni lo volvimos a ver. Cerca de la zona hay una cancha de fútbol y siempre lo vimos jugando allí, pero después de ese día desapareció por completo”, lamenta Luis.
La confesión
En julio de 2025, bajo el secretismo y opacidad estatal, Diovanny Romero fue liberado y entregado a sus familiares. En silencio y anonimato, se mantuvo oculto de los medios y de la fama de héroe que muchos venezolanos por el mundo le habían asignado. Durante meses se especuló sobre su posible muerte, denunciaron en varios portales su misteriosa desaparición y cuentas anónimas aseguraron que estaba siendo torturado nuevamente.
Sus días en Tocorón habían transcurrido con menos torturas pero con más insalubridad, tal como han denunciado familiares de los cerca de 600 presos políticos que había para junio de 2026. El mes en que llegó Diovanny a Tocorón había 1.905 presos políticos de acuerdo a la organización de DDHH Foro Penal en su reporte de octubre de 2024. Nicolás Maduro les llevó la contraria y declaró que la cifra trascendía los dos mil detenidos. En Tocorón, sin embargo, la cifra era incontable. Sólo en Tocorón “había como mil presos”, recuerda el periodista Víctor Ugas.
El hacinamiento carcelario, denunciado desde un inicio por familiares de los presos, hizo mella en todos. Ugas entró a la enfermería en julio de 2025, entre el día 20 y 24. No recuerda bien. Estar en la enfermería era recurrente entre los compañeros de celda. A veces era oportunidad de recostarse en una camilla y recibir un breve tiempo de atención. Ahí coincidió con Diovanny, quien estaba convaleciente. Recién le habían extirpado el apéndice de emergencia tras una infección de riesgo. “Él se va ese mismo día, recién operado. Supongo que lo sacaron para evitar que se les muriera”, recuerda.
Cuando la marea de opinión comenzó a crecer y las versiones sobre la suerte de Diovanny Romero se extremaron, fue el propio Ugas quien finalmente reveló su situación. “Estuvo preso en la cárcel de Tocorón, fuimos vecinos de celda, cabe destacar que fue liberado en julio de 2025. He visto que están denunciando que continúa preso en otro centro de detención, es totalmente falso», escribió el la red social X el 3 de marzo de 2026.
Desde el Comité por la Libertad de los Luchadores Sociales y Presos Políticos, tras una intensa pesquisa, contactamos a Diovanny Romero para entrevistarlo y reconstruir su historia. Luego de hacer el enlace, confirmamos que efectivamente había sido excarcelado en esa fecha y fue anunciado de inmediato por la organización en redes sociales y medios de comunicación.
En ese lapso, varios integrantes del Comité nos vimos forzados a salir del país por una alerta de posible captura que diversas fuentes informaron. Ya en el resguardo de un país extranjero, pudimos descifrar la historia y obtener, de su propia boca, la verdad. “Dijeron que yo tumbé la estatua de Chávez”, dijo Diovanny. Esa fue la causa de su detención. E inmediatamente, con una voz delgada y sencilla, lanzó una frase profunda y definitiva: “Yo no fui el que tumbó esa estatua. No soy un héroe”.
En esa escueta oración Romero condensó su tragedia, en una de las pocas llamadas que se atrevió a responder. Como si intentará despojarse de una historia que no le pertenece. Una historia de la cual quiere escapar.
Sin embargo, lo que vivió en la prisión lleva implícito un acto involuntario de heroísmo, por lo que decenas de periodistas han intentado hablarle. Le han enviado preguntas, le han prometido anonimato, le han garantizado protección. Sin embargo, Diovanny ha mantenido un silencio disciplinado y triste desde su liberación, sobre el que de pronto no vale insistir. Tal vez merece paz.
Romero trabaja hoy como albañil en una construcción en algún lugar de Latinoamérica, alejado lo más posible de su tenebrosa tragedia. Se gana el pan de a poquito, como la inmensa mayoría de los presos políticos que siguen aún secuestrados en las cárceles venezolanas o que han sido excarcelados poco a poco luego del 3 de enero de 2026. Todos con más inocencia que cualquiera de sus verdugos.
“Las estatuas se deben tumbar cuando cambia el régimen, no antes”. Así resume la analista política Carmen Beatriz Fernández, profesora de la Universidad de Navarra (España), aquellos días de inquina en los que centenares de venezolanos se atrevieron a derribar las figuras de Hugo Chávez.
“Tengo 28 años y nunca me he inscrito (en el registro electoral) porque lo he visto como una pérdida de tiempo; siempre nos roban las elecciones. Si hay un nuevo proceso electoral y pasa el mismo descaro, mi posición será la misma: salir a la calle. No queda de otra que echarle pichón”, sentencia Luis en su despedida.
El verdadero “héroe”, aquel que se fabuló buena parte de los venezolanos, sigue aún libre y bajo estricto anonimato. Quizás, aguardando el momento en el que se perciba una libertad más incondicional, una libertad sin contraprestación, en la que al fin pueda revelarse ante el mundo como el muchacho que, a mandarriazos, logró plasmar el deseo que miles de venezolanos parecían sentir aquel lunes.










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